¿Degenerados o Regenerados?
Adolescencia y Género en la Posmodernidad

La publicación de la novela Myra Breckinridge en 1968 escandalizó a la sociedad americana porque su autor, Gore Vidal, decidió narrar el cambio de sexo que lleva a cabo un varón. Y, si bien, el protagonista no era un adolescente propiamente dicho, porque se infiere que estaba a mitad de la veintena, anticipa en años una movida sociocultural que los iba a incorporar de lleno.
En 1969 Úrsula K. Le Guin publica La mano izquierda de la oscuridad. Allí el protagonista viaja al planeta Gueden cuyos habitantes tienen una particularidad que los hace únicos: son hermafroditas y adoptan alternadamente uno u otro sexo de manera exclusiva durante la época de celo. Esta novela de ciencia-ficción anticipó metafóricamente los posibles escenarios de un futuro no tan cercano.
La invitación a este encuentro me remitió a estos recuerdos, porque yo leí estas novelas en la década del 70 al calor de mi adolescencia. Y más allá del impacto ético y estético que me causaron, lo que no estaba en condiciones de imaginar, y que sólo pude descubrir décadas después leyendo a Castoriadis, fue como las Significaciones Imaginarias Sociales iban a tomar la posta de las producciones artísticas que ellas mismas generaban en un circuito que se retroalimentaba a sí mismo. Una vez más la realidad habría de copiar a la ficción.
Variantes e Invariantes
Para entonces la temática del género ya había hecho pie en el corpus psicoanalítico. A mediados de los años ´80 Emilce Dio Bleichmar publica El feminismo espontáneo de la histeria. Allí se plantea que “Bajo el sustantivo género se agrupan todos los aspectos psicológicos, sociales y culturales de la feminidad / masculinidad, reservándose sexo para los componentes biológicos, anatómicos y para designar el intercambio sexual en sí mismo.” (Dio Bleichmar, E. 1985 pág. 4).
Asimismo puntea que “Los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son prevalentemente determinados por el universo de significaciones imperantes en la cultura… La identificación en tanto operación psíquica daría cuenta de la organización de la identidad de género… El núcleo de la identidad de género se establece antes de la etapa fálica… La identidad de género comienza a partir del mínimo desarrollo cognitivo, suficiente para la percepción conciente o inconciente de la pertenencia a un sexo o al otro”. (Ídem. pág. 26).
Es en este sentido que la diferencia entre sexo y género queda establecida por una suerte de bifrontalidad: el sexo queda definido a partir de lo corporal, mientras que el género queda definido por las significaciones que cada sociedad le atribuye. Las construcciones sociales y familiares, asignadas de manera diferencial a mujeres y varones, se intrincan en una red de creencias, de rasgos de personalidad, de actitudes, de valores y conductas y de actividades que los diferencian.
Ahora bien, ¿qué sucede con la cuestión de género en la órbita del Planeta Adolescente?
Veremos cómo esta cuestión se suma como otra categoría a elaborar dentro del procesamiento de la condición adolescente, junto con las vicisitudes que caracterizan a los tiempos que corren con sus respectivos impactos tecnológicos.
De este modo, el fenómeno transicional en el que se constituye dicho procesamiento va a estar integrado por un conjunto de factores que se articulan en función de una serie de tiempos lógicos, más allá de que su elaboración en simultáneo obligue a inevitables superposiciones y/o alteraciones en su ordenamiento.
Estos factores que denomino invariantes funcionales son: caducidad de los recursos y operatorias infantiles, refundación del narcisismo, búsqueda de puntales y modelos, remodelación identificatoria, reedición edípica, moratoria social, identidad por pertenencia, enfrentamiento generacional, proyecto a futuro, transbordo Imaginario, apropiación de funciones y lugares, desprendimiento material y simbólico de la familia de origen, salida exogámica, desorden narcisista transitorio y genérico y autonomía (Cao, M. 2009).
Por tanto, el procesamiento de la condición adolescente va a estar marcado por el prefijo trans: tránsito, transición, transformación, transfiguración, transcripción, transbordo, etc. Por tanto, a la adolescencia no podría adjudicársele sólo la posibilidad de revistar como un transgénero, ya que es trans en su tópica, en su dinámica y en su economía libidinal. Por esta razón, la hipotética idea de rebautizarla como transadolescencia resultaría obviamente tautológica.
Por su parte, los profundos cambios producidos en las Significaciones Imaginarias Sociales han repercutido de manera decisiva en la refundación del narcisismo conduciendo a una suerte de replanteo respecto del género en el colectivo adolescente. La dicotomía en los posicionamientos subjetivos enunciados y asumidos por los adolescentes a través del “soy” o del “estoy”, del binarismo, o bien, de la postura agenérica (no gender), nos invitan a pensar en cómo se tramita entre ellos la remodelación identificatoria y el transbordo imaginario.
Estas dos piezas axiales de la metamorfosis adolescente pugnan por la obtención de una serie de montajes identitarios que permitan, apuntalamiento mediante, superar el vaciamiento de recursos y operatorias que se produce con la salida de la infancia.
De este modo, la consecuente e incesante búsqueda de modelos y puntales genera la sucesión de montajes identitarios fragmentarios y temporales a través de los cuales se va enriqueciendo y consolidando un psiquismo que se halla en estructuración, desestructuración, restructuración y (re)ensamblado permanente.
Dichos montajes identitarios, que giran en torno al cuestionamiento de quién soy y qué quiero para mí, van a seguir mutando en función no sólo de la crisis vital que atraviesan los adolescentes, sino también del despliegue de los intercambios vinculares sobre los cuales aquellos se apuntalen (Cao, M. 2009).
¿Regenerados?
La introducción de las teorías de género dentro del campo del psicoanálisis produjo un cuestionamiento enriquecedor en el marco de las coordenadas que intentaban definir las complejas vicisitudes de la sexuación. De este modo, los clásicos desarrollos teóricos ligados a un posicionamiento falocéntrico que devinieron hegemónicos durante gran parte del Siglo XX y que marcaron una postura definida respecto de los destinos de la masculinidad y la femineidad se vieron interrogados en sus fundamentos por estas nuevas conceptualizaciones.
Es que el enfoque freudiano del proceso de la construcción de la identidad sexual se apoyaba en las vicisitudes que sufría el varón, relegando a la femineidad, por un reconocido desconocimiento, a un simple papel suplementario. Fue así como surgió aquella metáfora del continente oscuro e inexplorado con la que Freud intentó justificar las dificultades que portaba su teorización sobre la condición femenina.
Por su parte, el amenguamiento de la exclusividad fálica que produjo la Escuela Inglesa con el destacado papel que le hizo jugar al pecho y la vagina dio lugar a un nuevo posicionamiento en esta lucha de paradigmas. Sin embargo, este giro conceptual cedería, a su vez, el cetro a la restauración parisina de un Freud leído desde Saussure. De esta suerte, el universo femenino terminaría metamorfoseado dentro del crisol estructuralista en una pura inexistencia, tributaria de la falta de significante que pudiera superar el definitorio versus fálico-castrado y le otorgara, así, algún tipo de representación. De aquí se desprendieron las conocidas conceptualizaciones acerca de la inexistencia de la mujer.
No obstante, hacia el final del siglo pasado los conjuntos transubjetivos a los que continuamos denominando familias, aunque ya no coincidieran totalmente con las pautas que rigieron su constitución durante la modernidad, resultaron tributarios de los nuevos posicionamientos subjetivos que se produjeron tanto en varones como en mujeres. De esta forma, comenzamos a encontrarnos en presencia de una nueva masculinidad más cercana al registro de lo sensible y de una feminidad inclinada hacia una postura más activa, sin que por ello se vieran cuestionados de plano sus respectivos referentes identificatorios.
Fue así como las clásicas pautas que reglaron los caminos de acceso a la identidad sexual se vieron conmocionadas por la irrupción del vendaval de cambios en los ideales y valores que se produjo con la irrupción de la posmodernidad. Y si la familia no quedó exenta de este impacto, menos aún los adolescentes que funcionan como una caja de resonancia de los movimientos culturales de la sociedad donde se encuentran insertos.
Por tanto, no son sólo los nuevos códigos que detentan los imaginarios adolescentes de turno con sus respectivas pautas de comportamiento los que han cambiado. Las mismas nociones de masculino y femenino han variado lo suficiente como para que una joven sea la que tome la iniciativa a la hora de encarar el convite amoroso, o bien, que el viejo rito de teñirse el pelo se haya vuelto universal.
A esto debemos sumar el impacto que la dimensión tecnológica ejerce sobre los otrora inmutables e intransferibles aspectos biológicos de la humanidad, generando una suerte de difuminación en límites que parecían imposibles de franquear, ofertando una serie de tratamientos y cirugías ad hoc.
Por lo tanto, la diversidad de géneros que plantea la posmodernidad alivia a los adolescentes de la presión que ejercía aquella opción de hierro que obligaba a un corte tajante entre la noción de varón y mujer. Sin embargo, a su vez genera un incremento en las urgencias identificatorias, vinculatorias y exploratorias con sus respectivos accesos de temor, ansiedad y angustia, en la medida que se relajan los límites a hora de considerar quién es quién dentro de la abigarrada fauna del nuevo siglo.
La linealidad falocéntrica que fungía como un bálsamo respecto de las dudas que podrían suscitarse entre los adolescentes al momento de pertenecer a un género u otro, y que categorizaba cualquier desviación como patológica (recordemos que en los tiempos de Freud se las llamaba aberraciones), perdió su brújula a manos de las trans-acciones, es decir, de las acciones prefijadas por lo trans.
De este modo, los adolescentes actuales se encuentran menos presionados respecto de las exigencias que antes sufrían a la hora de definirse sexualmente, o bien, de adscribir a un género. Especialmente si portan por identificación características reconocidamente asignadas al otro sexo. No obstante, en la medida que el panorama cultural se torna más variopinto, confuso o indiscriminado el trabajo de forjar montajes identitarios se torna más complejo.
Es bien sabido que para todo joven la posibilidad de integrarse en un medio social de pares depende de la puesta en marcha de ciertas formas de presentación y conducta demandadas por los imaginarios adolescentes de turno. Esta es la llave para poder obtener una identidad por pertenencia que le otorgue un lugar en la órbita de ese Planeta. Y, si bien, la adaptación a ciertas pautas grupales es indispensable, a pesar de la consabida pérdida de libertad, esta situación disminuye momentáneamente las angustias y contradicciones que genera la exigencia de trabajo psíquico que requiere el urdido de los respectivos montajes identitarios.
Es en este sentido que la cuestión de género, en tanto producción cultural de cada época, tendrá su decidida injerencia en los formatos que adopten los imaginarios adolescentes y sus consecuentes directivas. Su influencia redundará en el recorrido a través de las sucesivas elecciones que balizan el arduo camino de acceso a los posicionamientos subjetivos.
Bibliografía
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Vidal, Gore (1968): Myra Breckinridge. Ediciones Grijalbo. Buenos Aires, 1978.
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