René Kaës: Una Odisea Intersubjetiva.

In memoriam.

René Kaës ya no está con nosotros. Sin embargo, los desarrollos que ha desplegado a lo largo de su fructífera vida profesional y académica nos habrán de acompañar por siempre.

Tuve el placer y el honor de conocerlo personalmente en las diversas ocasiones en que estuvo dictado conferencias en Buenos Aires. También tuve la oportunidad de enviarle uno de mis libros donde trabajé con sus conceptos y recibir de su parte sus amables comentarios.

Su gran legado, la construcción de una metapsicología psicoanalítica de la intersubjetividad, nos brinda el acceso a la realidad psíquica inconsciente que se produce en todos las vinculaciones humanas (grupales, familiares, de pareja e institucionales). Estos conocimientos posibilitan, con dispositivos psicoanalíticos específicos y adecuados a cada configuración vincular su comprensión y su abordaje terapéutico. 

Su formación en el Ceffrap (Cercles d’Études Françaises pour la Formation et la Recherche: Approche Psychanalytique du groupe, du psychodrame, de l’institution), dirigido por Didier Anzieu, le permitió comenzar a trabajar con grupos y a generar sus iníciales desarrollos teóricos en la construcción de una metapsicología de la intersubjetividad. 

§ EL SUEÑO ES GRUPO Y LOS GRUPOS SUEÑOS SON

Justamente, los aportes de Anzieu en relación con las fantasías que se despliegan en los grupos dieron lugar a dos tesis que se enlazan recíprocamente. Anzieu plantea que si el sueño es una realización de deseo, el grupo también lo es. En ambos el proceso primario es el dominante a pesar de su fusión con el secundario, o sea, que el grupo como el sueño es el debate con una fantasía subyacente. Los humanos nos deslizamos en los grupos igual que al dormirnos nos adentramos en un sueño, por lo tanto desde la dinámica psíquica el grupo es un sueño.

Detalla tres enunciados que condensan el paralelismo entre el grupo y el sueño. En primer lugar, el deseo realizado en el grupo y en el sueño es un deseo reprimido, que al no ser satisfecho en alguna vinculación es retrasladado al grupo.

En segundo lugar, el deseo que se realiza tanto en el sueño como en el grupo es un deseo infantil. Cita el ejemplo de los niños que cuando se agrupan juegan a ser adultos, mientras que los adultos bajo la protección grupal exteriorizan sus aspectos infantiles, regresión característica de todo dispositivo grupal.

El tercer enunciado alude a que el deseo tanto en el grupo como en el sueño tiene un sentido desconocido. Los mecanismos en juego son los desplazamientos, las condensaciones y las representaciones simbólicas de deseo. Desde que un grupo existe una fantasmática circula entre sus miembros.

Kaës, su discípulo, elabora una tesis recíproca. Plantea que el sueño es una actividad de agrupamiento y desagrupamiento de objetos internos del soñante, patrocinados por su deseo. El sueño realiza el deseo del sujeto de ser un grupo. Por tanto, el grupo puede ser analizado como un sueño y el sueño como un grupo. 

En esta línea agrega a los citados mecanismos el de condensación agrupada (personalidad conglomerado), el de multiplicación de lo semejante y el de difracción, que son la base del sueño, de la grupalidad interna y del proceso grupal. Estos mecanismos son los responsables de la configuración múltiple de los aspectos del Yo representados por personajes u objetos del soñante formando un grupo. 

Por lo tanto, sueño y grupo pertenecen a dos campos distintos de la realidad psíquica, uno es el espacio psíquico del agrupamiento intersubjetivo y el otro el espacio subjetivo de la grupalidad psíquica. Si bien, ambos están separados en ellos se producen procesos idénticos.

§ DE LOS GRUPOS DEL PSIQUISMO AL PSIQUISMO GRUPAL

A partir de los desarrollos sobre el sueño Kaës marchará, entonces, en busca de los organizadores psíquicos y socioculturales de la representación del grupo. Esta investigación desembocará en la publicación de El aparato psíquico grupal, donde desarrollará la hipótesis de las formaciones grupales del psiquismo y sus modalidades (acoplamiento, isomorfismo, homomorfismo, etc.) 

La hipótesis de las formaciones grupales del psiquismo (los grupos internos), surge a partir de la relectura de los textos de la primera temporada freudiana (Proyecto de psicología para neurólogos, Estudios sobre la Histeria, Las psiconeurosis de defensa). Esta relectura le permitió definir como está organizado el funcionamiento del psiquismo, a la manera de una suerte de pluralidad de las personas psíquicas (tal como lo plasma Woody Allen en su film Zelig).

Surge así la definición de los grupos internos, los cuales son esquemas de organización y de representación, en tanto formaciones y procesos ligados al inconciente que actúan simultáneamente en el espacio interno del sujeto y en el del grupo. Estos esquemas son la imagen del cuerpo, las instancias psíquicas, las redes identificatorias, los sistemas de relación de objetos, los complejos y las imagos.

De esta noción se deriva la idea de una grupalidad psíquica en la medida que ésta cuenta con formaciones intrapsíquicas dotadas de funciones de ligazón entre las pulsiones, los objetos, las representaciones y las instancias.

El grupo es a la vez el lugar de formación del sujeto del inconciente y el lugar que moviliza, recibe y transforma las formaciones y los proceso inconcientes del sujeto. Por tanto, se produce una articulación entre la realidad psíquica del grupo y la del sujeto singular en la medida que el sujeto del inconciente se forma en la intersubjetividad. La realidad psíquica del grupo se apoya y se construye con los organizadores y procesos de la intersubjetividad.

Tal como puede observarse, el concepto de aparato psíquico grupal es el primer paso hacia una metapsicología de lo intersubjetivo en la medida que es un dispositivo y proceso de ligazón y transformación. El grupo es el lugar donde la pluralidad de tópicas de sus integrantes se ven acopladas. El aparato psíquico grupal se desarrolla en tensión entre sus dos polos: el isomórfico (imaginario, narcisista e indiferenciado) y el homomórfico (integración de las diferencias por acceso a lo simbólico).

De estos desarrollos se deriva la conceptualización de las funciones intermediarias que operan en la grupalidad. Estas son funciones de delegación y de mediación sobre un sujeto (o más de un sujeto), que articulan la dinámica entre el grupo y los sujetos que lo componen, vinculando dos órdenes discontinuos (adentro-afuera, conciente-inconciente, individuo-grupo, etc.). Son del orden de lo arquetípico (el ancestro, el niño rey, el muerto, el héroe, el jefe, el chivo expiatorio, etc.)

A partir de esta conceptualización Kaës define la presencia y la operatividad de las funciones fóricas (del griego portar): 

portapalabra o portavoz (conceptualizada por Piera Aulagnier), funciona como prótesis en algún miembro del grupo dando acceso a la palabra.

portasíntoma: lugar de retorno de lo reprimido, desmentido o forcluido tanto en el grupo como en los espacios psíquicos de cada miembro.

portaideal: encarna los sueños irrealizados de los miembros del grupo. Puede expresarse a través de la figura del líder, el cual recibe y representa las partes proyectadas del ideal de cada uno de los miembros.

El listado se completa con el portacripta (según los desarrollos de Abraham y Torok), el portadaño (chivo expiatorio o poseído), el portamemoria (historiador o poeta), el portaniño, el portasueño, el portamuerte, etc.

La encarnación de alguna de estas funciones fóricas por parte de alguno de los miembros del grupo queda determinada por los sujetos que lo componen, a los que está ligado y con los que tiene intereses en común, pero también por su propio deseo inconciente. Esta dinámica Implica una división del trabajo psíquico y el reparto de sus cargas.

Las funciones fóricas se sitúan en los puntos de anudamiento de la fantasía inconciente común y compartida de los discursos asociativos y las transferencias de los miembros del grupo. Todas ellas forman e informan sobre las alianzas inconcientes. En el proceso de delegación se conjugan proyección, identificación proyectiva o depósito en un psiquismo dispuesto a recibir afectos, emociones, cargas pulsionales y representaciones que un otro (o más de un otro), no puede o no quiere retener en él.

§ TODAS LAS CRISIS, LA CRISIS

“Y precisamente debemos sobrevivir creativamente a los grandes sismos de la historia, a las grandes fracturas sociales, al quebranto de las culturas, en suma, a la desaparición real y fantaseada de los garantes metasociales, metafísicos, metalógicos: a los contenedores de nuestras angustias e ideales, a aquello que nos ha hecho lo que somos” (Kaës, R. 1979 pág. 12).  

Por tanto, la cuestión es la manera en que son vividos, elaborados y utilizados subjetivamente los componentes de una crisis a raíz de una ruptura de la relación intra e intersubjetiva en juego. Entonces, “qué ocurre cuando, bajo el efecto de ciertos acontecimientos, esta experiencia de la ruptura cuestiona dolorosamente en el sujeto la continuidad del sí-mismo, la organización de sus identificaciones e ideales, el empleo de los mecanismos de defensa, la coherencia de su forma personal de sentir, de actuar y de pensar, la confiabilidad de sus lazos de pertenencia a grupos, la eficacia del código común a todos aquellos que, con él, pertenecen a una misma forma de sociabilidad y cultura. ¿Qué le ocurre al sujeto en ese intervalo entre una pérdida segura y una incierta adquisición, en el momento en que todavía no se han establecido nuevos lazos suficientemente seguros y confiables con un ‘ambiente’ diferente, en el momento en que el espacio psíquico y social necesario para articular lo antiguo y lo nuevo no está todavía constituido y el tiempo se presenta como suspendido, congelado y neutralizado?” (Kaës, R. 1979 ibíd. pág. 27). 

Kaës plantea que además de ser sujetos del inconciente, sujetos del vínculo y sujetos de grupo somos sujetos de crisis. No obstante, el concepto de crisis que nos caracterizaría no se despliega en soledad, se complementa con los de ruptura, superación y sutura. Por tanto, la eclosión de toda crisis devendrá en una inevitable ruptura que podrá ser, a su vez, superada o suturada (la primera crisis, en tanto ruptura, es la del nacimiento). Sin embargo, aún cuando la situación crítica sea superada, esto no impedirá la deflagración de la siguiente. Es que los recursos que generamos para solucionar la crisis en curso van a ser los inevitables causantes de la próxima. 

§ APUNTALAMIENTO: EL ESLABÓN PERDIDO DEL PSICOANÁLISIS

La clave para superar una a una la secuencia en la que se enhebran las sucesivas crisis se halla justamente en otro de los conceptos en juego. Se trata del apuntalamiento, pero en la versión con la que Kaës reformulara aquella concepción de cuño freudiano. 

De este modo, según los desarrollos de esta nueva versión, a partir del apuntalamiento de la pulsión sexual sobre las funciones vitales se van a producir una serie de derivaciones que habrán de conducir a nuevos apuntalamientos, a saber: el de la pulsión sobre el cuerpo, el del objeto y del Yo sobre la madre, el de las instancias sobre las formaciones elementales (por ejemplo, el Preconciente sobre los restos mnésicos), y el de las formaciones generadoras del vínculo (identificaciones, imagos, complejos, modalidades de pensamiento), sobre el grupo y la cultura. En este sentido, el apuntalamiento se presenta en forma múltiple (sobre los términos antedichos), recíproca (entre el sujeto y los otros del vínculo, los grupos y las instituciones), y reticular (se inscribe en una red de formaciones intrasubjetivas e intersubjetivas).

En el desarrollo de este procesamiento encontraremos una secuencia lógica que enlaza a sus cuatro componentes: apoyo sobre una base originante, modelización, ruptura crítica y transcripción. No obstante, a pesar de constituirse en su referencia originaria, esta situación no se va a presentar solamente al comienzo de la vida. En cada vinculación que se produzca a lo largo del curso vital, ya sea con un sujeto, con un grupo o con una institución, el sostén y la in-formación que provenga de los respectivos apoyos y modelizaciones nutrirán a los protagonistas del apuntalamiento con sus aportes. Es que el apoyo transforma lo que sostiene, de la misma manera que el continente modela el contenido. Y como el apuntalamiento es recíproco ambos polos habrán de modificarse a partir del nuevo equilibrio (después del parto, por ejemplo, madre e hijo ocuparán de jure estos lugares modificando así la ya pretérita relación nonato-embarazada) 

Sin embargo, para que dicha nutrición pueda metabolizarse se hará necesaria una ruptura crítica a partir del desequilibrio que supone una puesta en distancia, una separación. Esta ruptura habrá de generar un distanciamiento respecto de dichos aportes para que este procesamiento se complete con la operatoria de la transcripción, la cual produce un pasaje transformador de un nivel a otro, dando lugar a una nueva síntesis y un nuevo equilibrio entre lo existente y lo aportado (a la manera del modelo de funcionamiento psíquico desarrollado en la Carta 52). 

Tal como puede observarse, la operatoria de transcripción implica un pasaje transformador entre dos medios heterogéneos, de la misma manera que cuando se transcribe una pieza musical de un instrumento a otro. Por esta razón, la separación o entreapertura necesaria entre los términos apuntalados recíprocamente (sujeto-grupo familiar, sujeto-grupo de pares, sujeto-cultura, sujeto-ideales y valores, etc.), exige una elaboración psíquica durante dicho pasaje. 

De este modo, el apuntalamiento de las formaciones generadoras del vínculo (identificaciones, imagos, complejos, modalidades de pensamiento), sobre el grupo y la cultura resulta decisivo para poder superar la corriente secuencial de crisis que asuela a los sujetos. Según esta perspectiva “el psiquismo se presenta, en su calidad propia, como movimiento y construcción, movimiento de apuntalamientos y desapuntalamientos, de aperturas o de cierres, de crisis y de creación” (Kaës, R. 1992 pág.18). 

Tanto los apoyos como las modelizaciones ofertadas a lo largo del proceso del apuntalamiento aportarán representaciones, afectos y deseos que irán a engrosar los psiquismos de los sujetos recíprocamente apuntalados. 

Justamente, será en cada nueva vinculación que el sujeto, mediante el apoyo sobre la base originante que ofrecen aquel lazo podrá desplegar la modelización en clave identificatoria, la cual le permitirá renovar el plantel de sus montajes identitarios. Empero, asimismo, deberá promover una ruptura crítica con aquellos modelos para poder hacer el pasaje a través de la operatoria de la transcripción, lo cual le permitirá terminar de hacer propio aquello que provino de un territorio ajeno.

Esta concepción del proceso identificatorio suplementa los desarrollo clásicos en la medida que habilita la dimensión vincular en su carácter bifronte, ya que afecta y modifica en distintos aspectos y niveles a los miembros de una díada o de un conjunto transubjetivo (grupo, familia, institución). Es de esta manera como el proceso de apuntalamiento depende para su desarrollo de los diversos enlaces vinculares que alimentan las dimensiones intra, inter y transubjetivas. 

Y como, según plantea Kaës, la historia de los sujetos es la historia de sus apuntalamientos, estos no podrían realizarse sin la participación de aquellos que los rodean, tanto en su carácter de objetos, de enemigos, de auxiliares o de modelos. Es decir, en cualquiera de las funciones para las que están destinados, o bien, en algunas de las posibles combinaciones que puedan surgir de entre ellas. En síntesis, lo que asegura la continuidad del espacio psíquico es el apuntalamiento.

§ ALIANZAS INCONCIENTES: EL SELLO DE LO VINCULAR

Para poder vincularse “desde el origen de la vida psíquica y ulteriormente para formar una pareja, vivir en familia, asociarse en grupo, para vivir en comunidad con otros humanos, los sujetos se identifican inconcientemente con un objeto común y, desde ahí, entre ellos”. Por lo tanto, los sujetos de un vínculo deben además “anudar y sellar entre ellos alianzas, algunas conscientes, otras inconscientes, cuya principal función es mantener y estrechar su vínculo, fijar sus apuestas y sus términos e instalarlo en el tiempo” (Kaës, R. 2007b, pág. 1).

Por lo tanto, para hacer vínculo debemos investirnos narcisista y objetalmente e identificarnos mutuamente en forma inconciente. Pero, además, debemos sellar alianzas inconcientes para mantener y estrechar nuestros lazos a través de funciones provenientes de la represión, la renegación o el rechazo, de tal forma que el vínculo adquiera un valor psíquico decisivo. Las alianzas inconcientes son el agente y la materia de la transmisión de la vida psíquica entre generaciones y entre contemporáneos. Están destinadas por función y estructura a permanecer inconcientes y a producir inconciente por la economía conjunta de los mecanismos de defensa ejercida para beneficio de cada uno de los sujetos de una pareja, familia, grupo o institución.

De este modo, una alianza inconsciente se definirá como “una formación psíquica intersubjetiva construida por los sujetos de un vínculo para reforzar en cada uno de ellos algunos procesos, algunas funciones, o algunas estructuras surgidas de la represión, de la denegación, o de la desmentida. Cada uno obtiene de la alianza un beneficio tal que el vínculo que los une asume para su vida psíquica un valor decisivo. El conjunto así ligado (el grupo, la familia, la pareja), toma su realidad psíquica de las alianzas, de los contratos y de los pactos que sus sujetos establecen y que su lugar en el conjunto los obliga a mantener. La idea de alianza inconsciente implica las de una obligación y de una sujeción” (Kaës, R. 2007a, pág. 8).

Las alianzas inconcientes van a constituir la sustancia psíquica a partir de la cual se configuran y se sostienen los vínculos. Estas alianzas se convierten en agente y en contenido de la transmisión psíquica que se produce tanto entre generaciones como entre contemporáneos. Por esta razón, sus efectos van a perdurar más allá de los sujetos, de las circunstancias y del momento en que se configuraron. Se presentan como contratos (trasmisión de una deuda entre contemporáneos y descendientes. Implica conflicto y resolución) y pactos (violencia impuesta). 

Es en este sentido que participan en el proceso por el cual se confecciona y se organiza la realidad psíquica que habita tanto en los vínculos como en los sujetos, conformándose así en una de las modalidades de producción inconciente. Asimismo, su presencia y accionar va a influir en la organización narcisista y objetal, en las modalidades de realización de deseo y en las formaciones defensivas que adopte el sujeto tanto en el curso de su estructuración como a posteriori de la misma. 

Pueden distinguirse tres tipos: las estructurantes, las defensivas y las ofensivas. Entre las primeras se encuentra el contrato de renunciamiento a la realización directa de los fines pulsionales, el pacto con el padre simbólico, el pacto fraterno y el contrato narcisista. Las alianzas defensivas están representadas por el pacto denegativo y sus variantes alienantes (comunidad de desmentida, pactos perverso o narcisista). Las alianzas ofensivas, en cambio, sellan el acuerdo de un grupo para llevar adelante un ataque, lograr una proeza, o bien, ejercer el poder que otorga una supremacía. 

Las alianzas estructurantes se apoyan en las prohibiciones primordiales y en los tabúes, a la vez que contienen los principios básicos de organización del psiquismo. Pueden rastrearse hasta los orígenes de la sociedad y de la cultura, ya que son las que contribuyeron a forjar la salida del estado de naturaleza. 

El contrato narcisista originario, según los desarrollos de Piera Aulagnier, plantea que cuando un sujeto llega al mundo queda inscrito de manera simultánea en el campo de la vida anímica, en el de la sociedad que lo alberga y en el de la sucesión de las generaciones. Por su mediación se atribuirá al recién nacido un lugar en el grupo, así como quedará asignado a la tarea de velar por la continuidad del mismo. 

Como contraprestación el grupo deberá investir narcisísticamente al nuevo integrante, significando su lugar por medio del conjunto de las voces que a través de las generaciones han sostenido un discurso acorde al mito fundador. Este discurso, portador de los ideales y valores del grupo, transmite también las pautas culturales y los significantes con los que la sociedad cimenta su marco de certezas. El sujeto naciente deberá retomar y transcribir este discurso, ya que por su intermedio se encuentra ligado a su ancestro fundador.

Otra función fundamental de este contrato es la de mantener investida una temporalidad que incluya tanto un proyecto como un horizonte de futuro donde aquel pueda plasmarse. Esta temporalidad abarcará a los integrantes del grupo en la medida en que se constituyen en eslabones, servidores, beneficiarios y herederos de aquella suscripción. No obstante, el contrato narcisista no va a responder sólo a las exigencias derivadas de la auto-conservación tanto del Yo del sujeto como del conjunto, ya que el trabajo de la intersubjetividad va a imponer al psiquismo de sus integrantes otras exigencias, aquellas que con sus demandas habrán de marcar la economía narcisista en el pasaje entre generaciones. 

De este modo, sobre la base de la triple función cumplida por el contrato narcisista (instaurar un origen, establecer una continuidad y, en contraposición a la investidura grupal, asegurar el derecho a ocupar un lugar independiente del veredicto parental), Kaës distingue dos modalidades: el originario y el secundario. El contrato originario se funda en investiduras de auto-conservación, define una filiación transgeneracional y está al servicio del conjunto y del sujeto que se integra al mismo. 

La versión secundaria, desarrollada por Kaës, se suscribe a raíz de los cambios en el estado de sujetamiento narcisista respecto de las exigencias que demanda el conjunto. Se trata de un contrato de afiliación, que al redistribuir las investiduras del contrato originario entra en conflicto con él. Es que toda adhesión a otro conjunto, todo cambio en la relación con el grupo primigenio, conduce al replanteo de las estipulaciones del contrato originario. 

Justamente, esto es lo que va a ocurrir durante la regencia de la condición adolescente. Es que la articulación entre ser sólo un fin para sí mismo versus la ciega adecuación al lugar prescripto por el conjunto de las voces lo llevará a una situación conflictiva en torno a la configuración de una constelación identitaria en el marco de las determinaciones de la herencia. 

Por su parte, el pacto denegativo define las incumbencias de una imposición anudada por los miembros de un vínculo, de una familia o de un grupo para excluir cuestiones que resultan inviables para la existencia del mismo. La supresión de estas cuestiones posibilita que pueda organizarse el vínculo y que se mantenga vigente la complementariedad de los intereses que cada integrante reclama para sí. De este modo, lo que de ninguna manera podría entrar en discusión o en comercio asociativo, so pena de poner en peligro la supervivencia del vínculo, es aquello que inconcientemente fue dejado de lado para asegurar la persistencia de vinculación. 

Consecuentemente, el pacto denegativo se impone en todo vínculo para que un fragmento de la vida anímica de uno, o de más-de-uno, de los integrantes resulte destinado a la represión, a la desmentida, al rechazo o al enquistamiento, asegurando la continuidad de las investiduras y la función de los ideales. En este sentido, el pacto denegativo deviene la contracara y el complemento del contrato narcisista.

El funcionamiento del pacto denegativo presenta dos facetas, la primera contribuye a la organización tanto del vínculo como del conjunto transubjetivo, la segunda es netamente defensiva. Los grupos se organizan apuntalándose sobre investiduras e identificaciones mutuas, sobre comunidades de ideales y creencias, sobre un contrato narcisista y sobre modalidades aceptables de realizaciones de deseos. Sin embargo, se organizan también sobre comunidades de renunciamientos y sacrificios, sobre rechazos, represiones, desmentidas, supresiones y borramientos, creando dentro del psiquismo un campo donde aquello que no debe significarse ni transformarse queda albergado en zonas de silencio. 

Como consecuencia tanto de su funcionamiento como de su estructura, los contratos y pactos estarán destinados a permanecer inconcientes. Sin embargo, para que estas alianzas sustenten su funcionalidad se verán abocadas a producir nuevos contenidos inconcientes. Es en este sentido que las alianzas inconcientes van a sostener el destino de la actividad defensiva y de la repetición. 

Justamente, es en la articulación entre las formaciones inconcientes del sujeto y las del conjunto donde se establecen las alianzas inconscientes. Este emplazamiento es el que las torna indispensables en la tópica, la dinámica y la economía psíquica del grupo y del sujeto, más allá de que sus finalidades o cualidades sean estructurantes, defensivas o alienantes. De este modo, cada vez que una alianza inconsciente defensiva puede ser desmantelada se liberan ingentes montos de información y energía, los cuales pueden permitir a los integrantes de dicho vínculo tanto descubrir sujeciones inesperadas como cortar el circuito de la repetición. Esta fuente de descubrimientos y modificaciones en los sujetos y el conjunto es a veces es más peligrosa que pagar el precio de la alienación por los efectos desestabilizadores que pueden acaecer sobre el vínculo y/o los psiquismos de quienes los integran.

Las alianzas actuales se asocian a formaciones y procesos inconcientes ya establecidos y el retorno de lo reprimido, de lo desmentido o de lo forcluido se hace a través de las asociaciones, las transferencias, los síntomas, los sueños y las funciones fóricas. De este modo, los efectos de la represión por parte de las alianzas inconcientes se describen como represión por el vínculo (función corepresora), represión en el vínculo (depósito de lo reprimido en el inconciente del otro del vínculo) y represión del vínculo mismo (representaciones intolerables sobre las que pesan las prohibiciones fundamentales) 

Las alianzas inconcientes están implicadas en los procesos de formación del inconciente del sujeto, por eso Kaës habla de correpresión o codesmentida, en tanto algunas formaciones del inconciente de un sujeto son expulsadas, proyectadas o exportadas por uno o más de un sujeto a la psique de otro sujeto o de varios reunidos o ligados intergeneracionalmente.

§ LA INTERSUBJETIVIDAD COMO DESTINO

El planteo de un trabajo de la intersubjetividad es tributario de la conceptualización de que advenimos al mundo en un espacio relacional que nos contiene, apuntala y modeliza convirtiéndonos en sujetos del vínculo. Por lo tanto, la vida psíquica se habría de constituir y complejizar en la dinámica de los intercambios que se generen en los vínculos en los que el sujeto participa o se encuentra incluido. 

Este trabajo es el epicentro de la constitución del psiquismo, por lo cual se encuentra presente y activo desde los orígenes del sujeto. No obstante, su puesta en marcha requiere de la disponibilidad de aquellos que por medio de su accionar garanticen el sostén de su continuidad y promuevan su complejización. Es por ello que para nacer a la vida psíquica resulta indeclinable la presencia y el quehacer del otro del vínculo. 

Este otro habrá de subrogar sólo por un tiempo el concurso de más-de-un-otro para asegurar el mantenimiento y la viabilidad de este proceso. Por esta razón, el papel que la función materna habrá de cumplir no deberá ser interpretado exclusivamente en su nombre, sino apelando a su lugar de apoderada, delegada y representante del conjunto transubjetivo al que pertenece y con el que se identifica. 

De esta forma, la intervención de los otros del vínculo va a definir y determinar el modus operandi por el cual el psiquismo se habrá de constituir. Esta postura invita a dejar atrás las teorías que sostienen la ilusión de la existencia de una mente aislada, tanto en su constitución como en su despliegue, para reemplazarla por una conceptualización de corte intersubjetivo. 

De este modo, el punto de partida de la vida anímica, donde continente y contenido se constituyen de manera simultánea a partir de los códigos de la cultura inscriptos en la fragua relacional, impone al psiquismo una ineludible exigencia de trabajo. Por ende, la violencia acarreada por este proceso, que en su acción fundadora forma tanto como deforma a raíz de la subjetividad que porta el otro del vínculo, imprime a las formaciones, a los sistemas, a las instancias y a los procesos psíquicos una serie de contenidos y modos de funcionamiento específicos. 

Consecuentemente, los sujetos que pertenecen a un vínculo adquieren en diversas medidas gracias al trabajo de la intersubjetividad la aptitud para llevar adelante un conjunto de operaciones psíquicas. De esta manera, pueden significar, interpretar, recibir, contener o rechazar, ligar o desligar, transformar, representar y representarse. Asimismo, resultan capaces de jugar con objetos, representaciones, emociones y pensamientos que a pesar de pertenecer a otro (o a más-de-un-otro), deambulan sin ataduras a través de su propio psiquismo, o bien, terminan incluyéndose en él mediante las operatorias de la incorporación o de la introyección. 

El destino inmediato de estos objetos, representaciones, emociones y pensamientos que quedan englobados dentro del ámbito del psiquismo es el de revistar en la categoría de partes enquistadas o integradas, con la posibilidad de que puedan quedar en condiciones de ser reutilizadas. De este planteo se desprende la correlación por la cual cada sujeto busca hacerse representar en las relaciones de objeto, imagos, identificaciones y fantasías inconcientes no sólo de un otro, sino también de un conjunto de otros.

En consecuencia, la tesis central que se desprende del trabajo de la intersubjetividad es la de establecer la noción de una red psíquica intersubjetiva que abarque y contenga tanto a los intersujetos como a las operatorias mentales en juego. La correlación que se establece entre esta red y la estructuración de la psique en el campo de la intersubjetividad determina que cada psiquismo va a estar constituido por “lugares, procesos e intercambios que contienen, incorporan o introyectan formaciones psíquicas de más-de-un-otro en una red de huellas, sellos, marcas, vestigios, emblemas, signos y significantes, que el sujeto hereda, que recibe en depósito, que enquista, transforma y trasmite” (Kaës, R. 1993a, pág. 352).

§ TRASMITIENDO EN BANDA ANCHA

Los desarrollos en torno de las alianzas inconcientes dieron cuenta de las correlaciones presentes en el proceso de constitución del sujeto del inconciente, del sujeto del vínculo y del sujeto del grupo, precipitando la noción de intersujeto. Estos desarrollos ampliaron la mirada respecto del origen relacional del psiquismo y de la red vincular que lo sostiene, sin soslayar la presencia de sus distorsiones y quiebres. Asimismo, sus derivaciones contribuyeron a revelar la decisiva participación de los otros del vínculo tanto en la puesta en marcha como en la continuidad de las operatorias defensivas.

Por tanto, la conceptualización de una red psíquica intersubjetiva resulta tributaria de la transmisión de procesos y contenidos inconscientes de una generación a otra, en la medida que dicha transmisión no sólo garantiza la continuidad de la vida psíquica en la sucesión de las generaciones, sino que refrenda la hipótesis freudiana de que ninguna generación está en condiciones de ocultar a las que la siguen sucesos psíquicos que resulten significativos. 

El apremio que lleva a los miembros de un conjunto transubjetivo a trasmitir contenidos inconcientes se manifiesta con su retorno en el psiquismo de un sujeto perteneciente a otra generación sin su conocimiento ni su consentimiento. Esta transmisión se produce a través de la operatoria del rechazo, del depósito o de la proyección, operatoria que instala dichos contenidos en la mente de su receptor en la medida que también resultan atraídos y ligados a sus propios contenidos por el accionar de su psiquismo.

De este modo, la compleja dinámica de los procesos identificatorios y desidentificatorios será la que sostenga y promueva este tráfico de datos y procedimientos intergeneracionales. Esta línea argumental es la que permite dilucidar por qué el apuntalamiento que se efectúa entre el sujeto y el registro narcisista de aquellos que lo preceden, a través de la suscripción de las respectivas alianzas inconcientes, orbita también en torno a la temática de la transmisión psíquica. 

Es que el sujeto, además de obtener un lugar y una dotación identitaria en el conjunto transubjetivo que lo despacha en el mundo, se obliga a sostener un legado que lo inviste, entre otros pormenores, como el portador de los sueños de deseos irrealizados de sus predecesores. Este investimiento deviene efecto directo del trabajo de la intersubjetividad, en tanto y en cuanto el sujeto siempre quedará enlazado a los conjuntos transubjetivos a los que pertenece, o bien, con los que interactúa mediante identificaciones, apuntalamientos y alianzas inconcientes. 

Por otra parte, para delinear las vicisitudes derivadas de la transmisión psíquica es necesario remontarse al trabajo mental que impone a la subjetividad del lactante la actividad de representación y de identificación de la psique materna. La intelección y el reconocimiento de las perturbaciones sufridas durante esta transmisión permitieron perimetrar las irregularidades, alteraciones y defectos que dicha actividad podía precipitar sobre aquella subjetividad, junto con sus gravosas consecuencias. Las fallas en la función materna revelaron, entonces, el protagonismo de la dimensión subjetiva del objeto en las tremendas deformaciones a las que puede verse expuesto aquel psiquismo. 

De esta forma, así como se recusó el despliegue de la pulsión sexual a partir de una estricta determinación intrapsíquica, tampoco fue posible seguir haciéndolo con las incidencias de la pulsión de muerte. Esto implica que su inscripción también debe ser rastreada en las vicisitudes que se derivan del encuentro con el otro del vínculo. Especialmente, en aquellas experiencias padecidas en relación con las debilidades, inconsistencias, omisiones o carencias provenientes de su fragmentario y endeble papel como objeto. Asimismo, estas insuficiencias en su condición resultan determinantes a la hora de llevar a cabo esta inscripción, ya que la transmisión de la dimensión mortífera que habita el psiquismo del otro del vínculo guardará concretas proporciones con la desorganización que lo caracteriza y lo gobierna.

De esta forma, el intersujeto no será sólo el heredero y servidor de los vientos tróficos que agitan el oleaje de las pulsiones sexuales, que en sus versiones tanto narcisistas como objetales contribuyen con su accionar a atravesar y sostener la sucesión de las generaciones. Heredará también las devastadoras tempestades resultantes de aquello que nunca se invistió, o bien, de aquello que a pesar de su empecinada insistencia no logra ligarse. 

Asimismo, recibirá en herencia las tendencias destructoras que se originaron como resultado del depósito o la proyección efectuada por los miembros de generaciones pretéritas. Estas herencias despejarán el terreno para que la pulsión de muerte se apuntale sobre el fértil almácigo de la melancolía, sobre el desvalimiento de la ausencia vincular, sobre la transmisión de la falta de sentido, sobre las angustias de no-asignación y sobre las malformaciones de la autoestima.

Por lo tanto, los defectos en la transmisión (encriptado, forclusión, rechazo de lo no reprimido, proyección, depósito), destacan la falta oculta, el secreto y la falta de simbolización. La transmisión implica, entonces, el enquistamiento en el inconciente de una parte de las formaciones inconciente de otro, o de-más-de-un-otro, que lo habita como un fantasma o como una hipoteca heredada de un ancestro. De este modo, se transmiten los síntomas, los mecanismos de defensa (represión, renegación, repudio), la organización de las relaciones de objeto, el telescopaje, las identificaciones con la fantasía inconciente o con el objeto del otro y sus significantes. En consecuencia, así se habrán de configurar en forma correlativa el vínculo intersubjetivo y el inconciente del sujeto.

Por otra parte, existe una urgencia por transmitir desde las exigencias narcisistas de conservación y de continuidad de la vida psíquica, pasando por las prohibiciones fundamentales hasta aquello que no se puede mantener y albergar en un sujeto o en un conjunto ligado por alianzas inconcientes. Además de las formas vivificantes de la transmisión están las mortificantes (dimensión de lo negativo): transmisión de lo inerte, del objeto muerto, enquistamientos y fosilizaciones psíquicas. Huellas y síntomas que continúan ligando a las generaciones entre sí.

La transmisión se organiza a través de lo negativo, de la falla o de la falta, a saber, los sueños irrealizados de los padres, lo no advenido, la ausencia de inscripción (lo vivido no vivido y siempre por revivir), el temor al derrumbe, el fracaso del porta palabra y de la representación, o bien, de lo que se encripta sin inscripción. Así como la transmisión del afecto directo, del objeto bizarro y del significante en bruto. El develamiento de la estructuración del pacto denegativo que sostiene una asignación alienante para preservar los vínculos del conjunto puede permitir la elaboración de lo trasmitido por resignificación.

§ EL CAMINO DE LOS SÍNTOMAS

La influencia del trabajo de la intersubjetividad no puede restringirse sólo a las cuestiones de la constitución del psiquismo y la transmisión de contenidos inconscientes entre generaciones. Su colaboración debe extenderse al origen de las operaciones defensivas. Esta perspectiva que incluye en el psiquismo del sujeto una parte de la psique de un otro (o de más-de-un-otro), aplicada a la dinámica que presenta el campo de las actividades defensivas devela la operatoria de las funciones co-represora y co-sintomática.

Estas funciones surgen como corolario de la cooperación intersubjetiva acontecida en ocasión del retorno de lo reprimido, de lo desmentido o de lo forcluido. Por esta razón, resulta fundamental destacar que en el psiquismo “coexisten actos y formaciones estrictamente individuales con zonas psíquicas comunes y compartidas, puntos de anudamiento de formaciones del inconsciente pertenecientes a otros psiquismos e inclusiones extra-individuales más o menos integrables (fantasmas, incorporos, inyecciones, significantes enigmáticos)” (Kaës, R. 1993a,  pág. 359). 

La incidencia de las alianzas inconscientes en el accionar defensivo puede delinearse en forma alternativa o simultánea con los escenarios psíquicos ambientados por la represión por el vínculo (función co-represora), por la represión en el vínculo (depósito de lo reprimido en el inconsciente), y por la represión del vínculo mismo (retención de las representaciones intolerables e interdictas correspondientes al vínculo en el inconsciente de sus miembros). 

Esta incidencia revela por qué toda alteración en cualquiera de los términos suscriptos a través de las alianzas inconcientes va a modificar el equilibrio y/o la organización intra e intersubjetiva de los miembros del conjunto. Y, de manera recíproca, cualquier perturbación en los aspectos estructurales, económicos o dinámicos del conjunto habrá de embestir contra la sinergia que sostienen dichas alianzas.

Por tanto, las condiciones en las que la dinámica defensiva se lleva a cabo no pueden ser consideradas de manera estrictamente individual. Es que las operatorias de la represión, de la desmentida o del repudio aún cuando se circunscriban a las coordenadas que fija la lógica del psiquismo singular, no pueden desentenderse de las cláusulas vinculares que coordinan el accionar de la funciones co-represora y co-sintomática, junto con el permiso de embarque para la importación de los contenidos inconcientes del otro del vínculo en el inconsciente del sujeto.

Es que la represión no puede operar, y menos aún conseguir sus objetivos, sin la caución de dos líneas de aportes provenientes del exterior. En primera instancia, el aporte que aparejan “las interdicciones pronunciadas por una instancia parental que se hace en esto ‘portavoz’ de las exigencias culturales”. En segunda instancia, y a requerimiento de la primera, que “esas prohibiciones recaen sobre lo que ya debe formar parte de lo reprimido de los padres, los deseos a que renunciaron en un lejano pasado y que ya no tienen sitio en la formulación de sus deseos actuales”. Esta conceptualización que sienta las bases de una tópica intersubjetiva recalca la importancia que tiene para la estructuración y para el funcionamiento del psiquismo “la transmisión de algo reprimido de sujeto a sujeto” (Aulagnier, P. 1984, pág. 240).

Otro tanto podríamos plantear acerca de las vicisitudes de la desmentida en común y sobre las correlaciones entre desmentida y represión dentro del área de influencia del pacto denegativo. Por tanto, la desmentida y el repudio no quedarán exentos de las vicisitudes que se produzcan al interior de la dinámica de la tópica intersubjetiva, ya que lo que aquellas operatorias mantengan de manera inconciente también será determinado por las vicisitudes de lo vincular. Su destino respecto a la dinámica de los posicionamientos subjetivos correrá por los mismos andariveles que la represión. Sin embargo, la posibilidad de remover estas operatorias, liberando al vínculo y a los sujetos de sus dictados, requerirá de una ingeniería más compleja a escala clínica. 

La función co-sintomática, por su parte, tiene la finalidad de sujetar a cada miembro del conjunto a su síntoma en función del papel que éste cumple en y para el vínculo. De este modo, se sostendrá el desconocimiento que liga al sujeto con el síntoma gracias a la investidura que aquel recibe por parte del conjunto para mantener la cohesión del vínculo y por la cual todos los miembros pagan el precio de la represión, la desmentida o el repudio. 

El corolario que se desprende de estos desarrollos es que el inconsciente es heterogéneo en su formación, en sus contenidos y en su topología. Por esta razón, el planteo de redistribuirlo en el conjunto de las instancias psíquicas que intenta la segunda tópica no alcanza para dar cuenta de aquellos otros lugares psíquicos que juegan tanto el papel de sus depositarios como de sus agentes de producción. 

Por lo tanto, así como la operatoria de la represión no resulta localizable por entero dentro de los límites del psiquismo singular, el inconciente tampoco lo será. A la sazón, la condición de fuera-de-lugar en la que se configura el territorio inconciente conlleva en sí mismo una suerte de movimiento centrífugo, en tanto lo habremos de encontrar diseminado en varios espacios del psiquismo singular y de la psique de otro (o de más-de-un-otro), se hallen estos actualmente reunidos, o bien, se encuentren asociados en un conjunto intergeneracional. 

Continuando con su relectura freudiana, Kaës plantea que la segunda tópica distribuye el inconciente, delineado en la primera tópica, entre las instancias de la segunda. De esta forma, el inconciente queda estructurado como un grupo al estar presente en las tres instancias, recombinando así sus figuras, su energía, sus formaciones y sus efectos. 

En síntesis, Kaës había partido de la teoría psíquica del agrupamiento para arribar a la teoría de la grupalidad psíquica. Estos desarrollos le permitirán plantear que el inconciente está estructurado como un grupo. Sin embargo, la publicación de su obra cumbre, El grupo y el sujeto de grupo, arrojará una nueva luz sobre esta idea. Allí llegará a la conclusión de que el que está estructurado como un grupo es el mismísimo psiquismo. 

De este modo, la idea de una tópica intersubjetiva tomaría en consideración el carácter a la vez heterogéneo, heterotópico y ectópico del inconsciente. Consecuentemente, estos desarrollos invitan a otorgarle un espacio central a la dimensión vincular que portan las producciones discursivas singulares, especialmente si recordamos que la psicología individual “sólo rara vez, bajo determinadas condiciones de excepción puede prescindir de los vínculos de este individuo con otros” (Freud, S. 1921, pág. 67). Podríamos apuntar, entonces, que todo discurso singular deja traslucir a través de sus modulaciones su fundante naturaleza coral. 

§ DE CORTAZAR AL UROBOROS

La obra de Kaës es compleja, intrincada y caleidoscópica. Funciona a la manera de la banda de Moebius, lo que está adentro está afuera, lo que está afuera está adentro, lo que está antes está después, lo que está después está antes. Un concepto resignifica al anterior y viceversa generando la secuencia temporal de un rulo o de un loop. Y para ser coherente con esta idea, este final podría funcionar como un principio y así sucesivamente. 

Por tanto, parar leerlo sin temor a perderse en la densidad de sus argumentaciones se puede tomar el modelo de Rayuela, la novela de Julio Cortázar, donde se puede seguir el orden secuencial (en este caso cronológico), o salteado según la numeración que indicaba el autor (en este caso por temática, tal como está escrito este artículo). 

Retomando el título de este artículo, la intersubjetividad es lo que comparten quienes están formados y ligados por sus sujeciones recíprocas a los mecanismos constituyentes del inconciente (represión y renegación  en común, fantasías y significantes compartidos, deseos inconcientes y las prohibiciones fundamentales). Esto implica dos espacios psíquicos parcialmente heterogéneos dotados de lógicas propias.

Por lo tanto, existe una tópica, dinámica y economía intersubjetiva por las condiciones del retorno de lo reprimido, la formación de síntomas compartidos y mantenidos en común. De este planteo se deriva la conceptualización de que hay un lugar ectópico para el inconciente. Este no sólo se encuentra dentro de cada sujeto, sino que también se despliega entre ellos, es decir, en la dimensión vincular.

En este sentido el sujeto del inconciente es sujeto del vínculo y sujeto de grupo y, a su vez, éstas son dimensiones de aquel. El sujeto, en tanto sujeto de grupo, no está sólo dividido internamente, encuentra otra división en su doble existencia, en tanto no es sólo un fin para sí mismo sino un heredero, eslabón, beneficiario y servidor de una cadena intersubjetiva e intergeneracional. El sujeto del inconciente se forma en la división entre el cumplimiento de su propio fin y su inscripción en los vínculos intersubjetivos. Su destino es, finalmente, ser un intersujeto. 

El prefijo inter implica una reciprocidad (tanto simétrica como asimétrica), pero a su vez da cuenta de la separación que permite la emergencia del yo. En la medida que el grupo es una entidad de trasfondo narcisista, el yo del sujeto (del inconciente, del vínculo y del grupo) en su devenir debe desprenderse (aunque nunca lo logre totalmente) de las formaciones estructurantes y alienantes del grupo para asumirse como heredero de su historia tejida en la intersubjetividad.

De este modo, los sujetos del vínculo adquieren en diversas medidas gracias al trabajo de la intersubjetividad la aptitud para llevar adelante un conjunto de operaciones psíquicas. Pueden significar, interpretar, recibir, contener o rechazar, ligar o desligar, transformar, representar y representarse. Asimismo, resultan capaces de jugar con objetos, representaciones, emociones y pensamientos que a pesar de pertenecer a otro, o a más-de-un-otro, deambulan sin ataduras a través de su propio psiquismo, o bien, terminan incluyéndose en él mediante las operatorias de la incorporación o de la introyección. En este sentido, el destino inmediato de estos objetos, representaciones, emociones y pensamientos es el de revistar en la categoría de partes enquistadas o integradas, con la posibilidad de que puedan quedar en condiciones de ser reutilizadas. 

De este planteo se desprende la correlación por la cual cada sujeto del inconciente, del vínculo y del grupo busca hacerse representar en las relaciones de objeto, imagos, identificaciones y fantasías inconcientes no sólo de un otro, sino también de un conjunto de otros. Provenimos de un magma indiscriminado donde fuimos uno con la madre-grupo y sus deseos, defensas, pensamientos y emociones. El yo debe advenir de ese magma con el que siempre queda alguna conexión, porque ahora una parte de aquel magma se encuentra incorporada. Esta situación se pone en juego especialmente en los grupos donde se escenifican los procesos y formaciones más indiscriminadas. 

Por lo tanto, la cuestión de la transmisión es la formación del inconciente y de los efectos subjetivos que anudados a la intersubjetividad derivan de él. El sujeto de grupo se constituye como sujeto del inconciente por una doble determinación: por el funcionamiento propio del inconciente en su espacio y por la exigencia de trabajo psíquica impuesta por la sujeción a los conjuntos a los que pertenece, los cuales están determinados por las alianzas inconcientes, los mecanismos de defensa, los procesos de encriptado y las funciones del ideal.

Somos puestos en el mundo por más-de-un-otro, por más de un sexo y nuestra prehistoria nos hace miembros de un conjunto transubjetivo cuyos miembros nos tienen y sostienen como servidores y herederos de sus sueños irrealizados, de sus represiones y de sus renunciamientos en la trama de sus discursos, fantasías e historias. Lo inconciente nos hará sus contemporáneos, pero sólo podremos pensar nuestros posicionamientos subjetivos por resignificación. 

El grupo nos tiene y mantiene en una matriz de investiduras y cuidados. Predispone signos de reconocimiento y convocatoria, asigna lugares, presenta objetos, ofrece medios de protección y ataque, traza vías de cumplimiento, señala límites y prohibiciones. Dentro de su dinámica hay acciones que sostienen o liberan la represión de las representaciones, la supresión de los afectos y el renunciamiento pulsional. Devenimos sujetos hablantes y hablados no sólo por efecto de la lengua, sino por efecto del deseo y la prohibición de los que cumplen la función de portapalabra.

Somos sujetos de varios grupos, es decir de espacios psíquicos intersubjetivos, cuyas formaciones y procesos heredamos por apuntalamiento, identificación e incorporación. Estos grupos trasmiten y modifican las formaciones del ideal, las referencias identificatorias, los enunciados míticos, los mecanismos de defensa y parte de la función represiva.

El uroboro (la serpiente que se come la cola) es un antiguo símbolo que muestra a una serpiente o dragón engullendo su propia cola y formando un círculo con su cuerpo. El uroboro entró en la tradición occidental por medio de la iconografía del Antiguo Egipto y la tradición mágica griega. Fue adoptado como símbolo en el gnosticismo y el hermetismo y, de manera más notable, en la alquimia. El uroboro simboliza el ciclo eterno de las cosas, también el esfuerzo eterno, la lucha eterna o bien el esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo. Expresa también la unidad de todas las cosas, materiales y espirituales, que nunca desaparecen sino que cambian perpetuamente en un ciclo de destrucción y re-creación. 

A la manera de la re-unión entre la cabeza y la cola de esta serpiente los desarrollos de René Kaës se conectan entre sí desde sus inicios hasta su finalización generando una enriquecedora circularidad que precipitó un cambio irreversible en la teoría y la práctica psicoanalítica. Su genialidad quedó plasmada en la construcción de una metapsicología de la intersubjetividad que permite comprender las relaciones recíprocas entre los sujetos del inconciente, del vínculo y del grupo, es decir, de los intesujetos enmarcados en los registros intra, inter y transubjetivos. De aquí que el papel que cumplen las creaciones culturales sean decisivas en la producción de subjetividad de cada época.

Cerremos con sus palabras para que ellas mismas produzcan una nueva apertura.

“Los términos de una epistemología del campo específico del psicoanálisis están doblemente enmarcados por la realidad corporal y la realidad social y cultural, sobre las que se apuntalan las formaciones y los procesos de la realidad psíquica: en ruptura y en apoyo, en modelo y en desprendimiento”. (Kaës, R. 1991 pág. 23).

§ BIBLIOGRAFÍA:

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Cao, Marcelo Luis (1999): “El trabajo de la intersubjetividad en psicoanálisis con adolescentes”. Revista de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares. Tomo XXII (1). Buenos Aires, 1999.

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Kaës, René (1984): “Apuntalamiento y estructuración del psiquismo”. Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo. Tomo XV Nº 2. Buenos Aires, 1992.

Kaës, René (1985): “La difracción de los grupos internos”. Encuentro Internacional de Psicodrama y Psicoterapia de Grupo. Buenos Aires, 1985.

Kaës, René (1989): “El pacto denegativo en los conjuntos trans-subjetivos”. Lo Negativo. Amorrortu. Buenos Aires, 1991. 

Kaës, René (1993): El grupo y el sujeto del grupo. Amorrortu. Buenos Aires, 1995.

Kaës, René – Faimberg, Haydee – Enriquez, Micheline – Baranes, Jean-Jose (1993)b: Transmisión de la vida psíquica entre generaciones. Amorrortu. Buenos Aires, 1996.

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Kaës, René (1999): “Algunas reformulaciones metapsicológicas basadas en la práctica psicoanalítica en situación de grupo”. Revista de Psicoanálisis. Tomo LVI, N°4. Buenos Aires, 1999.

Kaës, René (2007): “El malestar del mundo moderno, los fundamentos de la vida psiquica y el marco metapsiquico del sufrimiento contemporaneo”. Conferencia dictada el 16/4/07 en la AAPPG. Buenos Aires, 2007.

Kaës, René (2007): “Estructura, función y transformación de las alianzas inconcientes”. Conferencia dictada el 20/4/07 en la AAPPG. Buenos Aires, 2007.

Kaës, René (2007): Un singular plural. Amorrortu. Buenos Aires, 2010.

Kaës, René (2009): Les alliances inconcientes. Dunod. Paris, 2014.

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