Contratransferencia
Lugar y Función del Terapeuta de Adolescentes

De acuerdo a los desarrollos de René Kaës los destinos de la transferencia y la contratransferencia son solidarios. Es por esta razón que describe un campo transfero-contratransferencial, el cual incluiría las vicisitudes inconcientes que se derivan de la vinculación entre paciente y terapeuta. De este modo, al vincularse dos o más sujetos la tópica, la dinámica y la economía de sus psiquismos quedará comprendida en dicho campo.
Es que desde el momento en el que se establece el primer contacto entre dichos interlocutores se va a iniciar la constitución del campo transfero-contratransferencial. Este campo será “el vector de la corriente asociativa, de los movimientos pulsionales, de las representaciones, y de las escenas intrapsíquicas” (Kaës, R. 1994, pág. 47). En consecuencia será el que contenga y dinamice las secuencias fantasmáticas de cada uno de los interlocutores en el marco de un vínculo que ha comenzado a estructurarse.
Por tanto, el campo transfero-contratransferencial que se configura dará cuenta no sólo de las identificaciones, apuntalamientos y alianzas inconcientes que portan tanto el paciente como el terapeuta, sino también las que se bosquejen a partir del inicio del vínculo.
Es que el planteo de la estructuración de la psique en el campo de la intersubjetividad determina, según los desarrollos de Kaës, que cada psiquismo va a estar constituido por lugares, procesos e intercambios que contienen, incorporan o introyectan formaciones psíquicas de más-de-un-otro que el sujeto hereda, que recibe en depósito, que enquista, transforma y trasmite.
Esta transmisión de contenidos mentales da cuenta de la permeabilidad que produce el trabajo de la intersubjetividad en la red psíquica intersubjetiva, gestando una comunidad de pensamiento que incluye tanto coincidencias como la emergencia de representaciones verbales o icónicas originales, sorpresivas y/o disruptivas que se desprenden del material que surja en la escena clínica.
Por tanto, el trabajo de la intersubjetividad habrá de generar diversos efectos. Uno que puede resultar sorprendente sucede cuando el terapeuta pone en palabras alguna de las sensaciones, emociones y/o vivencias transmitidas inconcientemente por el paciente, las cuales según la Carta 52 puede haberlas registrado en el fuero de sus signos de percepción, o bien, directamente en el fuero de su inconciente. Otro tanto, cuando el paciente se anticipa con su discurso a la interpretación en ciernes calcándola palabra por palabra.
Este tipo de transmisión puede disparar alguna de las vivencias, representaciones y/o afectos del paciente en el psiquismo del terapeuta, las cuales no han accedido a la conciencia del paciente, o bien, lo han hecho de forma fragmentaria.
No obstante, el trabajo de la intersubjetividad no traerá aparejada sólo la posibilidad de este interjuego de transmisiones dentro de la escena clínica. Esta perspectiva que incluye en el psiquismo del sujeto una parte de la psique de más-de- un-otro, ya había sido delineada en el esquema que introduce la segunda tópica a partir de la modalidad identificatoria que adoptan las instancias yoica y superyoica para poder erigirse.
Por esta razón, resulta fundamental destacar que en la composición de la amalgama que reúne las diversas corrientes y posicionamientos psíquicos “coexisten actos y formaciones estrictamente individuales con zonas psíquicas comunes y compartidas, puntos de anudamiento de formaciones del inconsciente pertenecientes a otros psiquismos e inclusiones extra-individuales más o menos integrables” (Kaës, R. 1995, pág. 359).
En este sentido, la articulación intersubjetiva que sostienen las alianzas inconcientes (contrato narcisista y pacto denegativo), se basa en su configuración bifronte, ya que por un lado se instituyen como la piedra basal a partir de la cual se estructura la realidad psíquica del sujeto y, por otro, conforman la sustancia que compone la realidad psíquica de los conjuntos transubjetivos (vínculos, parejas, familias, grupos e instituciones).
De esta suerte, paciente y terapeuta, en tanto miembros de un vínculo, son tributarios del trabajo de la intersubjetividad y de las alianzas inconcientes. Por tanto, si el contrato narcisista funda las bases del vínculo otorgando identidad y posicionamientos subjetivos a quienes lo integran, el pacto denegativo dará cuenta de aquello que debe quedar por fuera del vínculo en calidad de reprimido, desmentido, repudiado, escindido o rechazado para que aquel pueda estructurarse y funcionar como tal.
De este planteo se desprende la concepción de la existencia de operaciones defensivas en el seno de los vínculos terapéuticos, lo cual ilustra por qué un cambio de terapeuta para el paciente o un cambio de paciente para el terapeuta genera modificaciones en las dinámicas intrasubjetiva e intersubjetiva de cada uno.
Por lo tanto, las alianzas inconcientes forjadas en la escena clínica delinearán el campo transfero-contratransferencial del vínculo terapéutico. En consecuencia, toda alteración en cualquiera de los términos suscriptos a través de dichas alianzas va a modificar el equilibrio y/o la organización intra e intersubjetiva de los miembros del vínculo.
De este modo, la implicación en el trabajo de la intersubjetividad de la dupla paciente-terapeuta facilitará el apuntalamiento sobre el vínculo. Las proyecciones y los depósitos sobre el mismo permitirán descubrir latitudes carenciadas, o bien, pendientes de significación y/o de elaboración derivadas de los déficits en la vinculación con los otros significativos.
Las proyecciones y difracciones transferenciales que recaen sobre el terapeuta pueden funcionar a la manera del uso del objeto que planteara Winnicott. De este modo, en la provisión de modelos que se deriva tanto de la remodelación identificatoria del paciente como de las funciones apuntalante y acompañante del terapeuta, éste puede ser usado para las respectivas reestructuraciones psíquicas. En el curso de ellas deberá afrontar la avidez incorporativa y asimilativa del paciente en su doble condición de sujeto y objeto.
Hugo Bleichmar, por su parte, diferencia el concepto de neutralidad afectiva del concepto de neutralidad valorativa. Si bien existe consenso en torno a sostener una neutralidad valorativa, subsiste una polémica respecto del posicionamiento afectivo del terapeuta. Por tanto, la implementación de una neutralidad afectiva sólo puede justificarse por la sumisión a un ideal que define una práctica pretendidamente aséptica, basada en una objetividad indemostrable.
Esta postura ideológica puede servir también para encubrir las dificultades o limitaciones con las que el terapeuta cuenta a la hora de sentirse interpelado en su campo emocional. Por tanto, desechar las producciones de este campo va a infiltrar el encuentro interpersonal con las distorsiones que produce el accionar defensivo, conduciendo así a un escurrimiento emocional que puede terminar transformando la escena clínica en una estéril escenografía discursiva.
Por ende, cuando este escurrimiento emocional vacía o desconecta al terapeuta el vínculo se puede templar con la frialdad de la distancia, corriéndose el riesgo de perder la disponibilidad empática. Es en este momento cuando irrumpe una corriente de afectos y representaciones cuya función consiste en rellenar el espacio vacante que dejó la evaporación de las emociones suscitadas. Otro tanto sucede con la irrupción de diversos estados somáticos (letargo, malestares, etc.)
El flujo de esta corriente puede arrastrar en el ámbito mental del terapeuta un material compuesto de retazos parcialmente elaborados de su propia historia como adolescente, como hijo/hija o como padre/madre.
Incluso, este material puede asociarse por identificación con alguno de los actores en juego (ya con el mismo paciente, ya con alguno de sus otros significativos), a partir de la rememoración de situaciones que dejaron su marca traumática debido a su carga de humillación, de injuria o de impotencia pertenecientes a su propio desorden narcisista. O también, por la reactivación de retoños de lo reprimido que contribuyen a un despuntar emotivo que puede teñir con su coloración cualquier discurso o posicionamiento. No obstante, estas reactivaciones pueden asimismo postear en la conciencia logros y satisfacciones tanto narcisista como objetales pertenecientes a la adolescencia del terapeuta.
De este modo, la intensidad que presente la desconexión afectiva que da lugar a esta saga contratransferencial, va a develar cuántos de aquellos momentos críticos que contornearon su subjetividad mantienen aún su vigencia conflictiva en el psiquismo del terapeuta.
Por lo tanto, las dificultades que puedan surgir para albergar y procesar cualquiera de los materiales que el paciente entregue transitoriamente en depósito estarán ligadas a las esquirlas que la condición adolescente deja impresas en cada psiquismo luego de su explosión. Estas esquirlas, que ostentan el rango de vestigios de todo aquello que no pudo metabolizarse, tanto en el curso como a posteriori de aquella revolucionaria transición, van a encontrarse incrustadas en las estructuras mentales de todos los sujetos, más allá de cualquier trabajo catártico, elaborativo o terapéutico que hayan podido encarar.
Las vicisitudes propias del campo transfero-contratransferencial pueden, entonces, desplegarse en torno de las peripecias que sufre la disponibilidad empática del terapeuta, generando distracciones o interferencias por la caída en pensamientos o emociones ligadas a situaciones cotidianas o conflictivas. No obstante, la toma de conciencia de esta situación puede ser revertida pesquisando su origen a partir del impacto emocional que genera el material que está volcando el paciente en la sesión.
De este modo, los intercambios en la escena clínica quedan ceñidos a las polaridades y ensambles que instaura el campo transfero-contratransferencial. Por tanto, las vivencias y recuerdos aportados por el paciente pueden sumarse a los que evoque el terapeuta, intensificándose así la sintonía fina que este abordaje requiere. Es que la calidad que haya alcanzado el destilado defensivo de sus vivencias, recuerdos y experiencias adolescentes permitirá al terapeuta contar con un registro representacional y afectivo acorde a su propio transbordo imaginario.
De esta manera, quedará liberado de los espejismos que intentan rescatar sólo la evocación de los buenos momentos, empresa ilusoria que conduce tanto a la idealización de aquellas experiencias como a la imposibilidad de conectarse de lleno, no sólo con el sufrimiento propio, sino también con el ajeno.
Otra de las celadas que puede proveerle el campo transfero-contratransferencial al terapeuta puede originarse en producciones inconscientes resultantes de conflictos de cuño narcisista que permanezcan irresueltos. Esta circunstancia se dispara cuando surge la bíblica tentación de moldear al adolescente a su imagen y semejanza. O bien, cuando el terapeuta intenta reivindicar sus fallas o carencias juveniles vía contraidentificación.
Además, el terapeuta puede quedar entrampado en un intento de adopción omnipotente a partir de las orfandades reales o simbólicas que porta el paciente, o bien, abusar de la estadía en el lugar simbólico de sus padres desde la licencia que otorga la transferencia.
Simultáneamente, los ardides que los adolescentes pueden llegar a tender van a provenir de sus propias producciones inconscientes, o bien, desde una actitud que los proteja de una intrusión deletérea para su intimidad. Es que la revelación de sus múltiples fragilidades gatilla una serie de emociones que se aglutinan defensivamente para evitar tanto la reiteración de alguna marea traumática como la inauguración de una nueva dependencia afectiva.
Finalmente, si acordamos con la conceptualización de Orange-Atwood- Stolorow que define que transferencia y contratransferencia forman un sistema intersubjetivo de influencia mutuamente recíproca, esta premisa demuestra su valor en el trabajo de historización permanente que todo terapeuta conciente de estas reglas de juego lleva a cabo con el paciente y consigo mismo. Resulta decisivo que la confianza depositada en la atención, la teorización y el diagnóstico flotante, como abastecedoras de nuestras producciones preconcientes e inconscientes, no se restrinja a su aspecto más difundido, aquel que se encuentra ligado al campo de la ideación y permita la libre emergencia de ocurrencias ligadas al campo afectivo.
Bibliografía:
Cao, Marcelo Luis (2019): Aperturas y finales en clínica con adolescentes. Windu Editores. Buenos Aires, 2019.
Cao, Marcelo Luis (2020): “Psiquismos en red. Crisis y apuntalamiento en la vincularidad”. De Vínculos, Subjetividades y Malestares Contemporáneos. Editorial Entreideas. Buenos Aires, 2020
Kaës, René (1994): La invención psicoanalítica del grupo. AAPPG. Buenos Aires, 1994.
Kaës, René (1993): El grupo y el sujeto del grupo. Amorrortu. Buenos Aires, 1995.
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