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marcelo luis cao

Por qué un adolescente debería o necesitaría iniciar una terapia con un psicólogo o psicoanalista?




A manera de introducción podemos plantear que la adolescencia, tal como clásicamente se la ha conceptualizado, es una etapa dentro del desarrollo evolutivo. Sin embargo, a diferencia de otras etapas evolutivas como la infancia, la adultez o la senectud la adolescencia presenta una serie de características que la configuran como una transición.

Transición que se despliega en relación con el registro de lo temporal, justamente en el pasaje que ocurre entre la infancia y la adultez. Sin embargo, transición, también, respecto de los cambios que se producen en el cuerpo, en el pensamiento, en las prerrogativas y responsabilidades, en los lugares  a ocupar no sólo en un futuro cercano, sino también en los de un presente que se ve drásticamente modificado por las pérdidas sufridas en torno de la identidad infantil.

Por tanto, los profundos cambios desatados en la dinámica familiar a raíz del advenimiento de la adolescencia remedan los que enfrenta la pareja parental frente al nacimiento de un hijo, porque la conflictiva transición por la que el hijo atraviesa termina transformándolo en una suerte de conocido-desconocido para sus propios padres.

De este modo, a partir de la semiautonomía que introduce la condición adolescente tanto la pareja parental como sus vástagos se verán obligados a renovar las investiduras y las incumbencias de sus posicionamientos subjetivos y sus dotaciones identitarias a raíz de los cambios físicos y mentales que han sufrido todos los miembros de la familia.

Es que de ahí en más el joven tendrá voz y voto en una serie de temas que incumben a su persona, a sus otros significativos y a la dinámica familiar. A la vez, su inclusión en el medio cultural adolescente a través de la afiliación a sus grupos de pertenencia contribuirá a desestabilizar la tabla de valores e ideales detentada por el imaginario familiar.

Justamente, el pasaje de la filiación a la afiliación desatará la escalada de tensiones que conducirá a la constitución del escenario que albergue y sostenga el indispensable enfrentamiento generacional. Este es el comienzo de la larga marcha que conducirá hacia el desprendimiento material y simbólico del contexto familiar y al desasimiento de la autoridad parental. El camino a recorrer deberá contar con los apuntalamientos necesarios para que la marcha no se interrumpa, o bien, se aborte a raíz de los diversos escollos y tropiezos que se irán haciendo presentes. Las instituciones, los grupos y los vínculos jugarán un papel decisivo en su calidad de puntales a la hora de obtener un lugar en el mundo de la cultura adulta.

Las vicisitudes en torno a la gestación del nuevo equilibrio familiar serán las que forjen la posibilidad de solicitar una consulta o formular una demanda de tratamiento. Su concreción podrá acaecer a partir de la incipiente incomodidad de una perturbación, de la incontrastable expresión de un desorden psíquico o del sordo clamor de una sintomatología expresada a través de un miembro de la familia, o bien, de la dinámica vincular. De esta suerte, cuando el protagonismo de la afección se centra en el adolescente, éste va a convocar por distintos medios la atención de sus otros significativos. No obstante, va a depender de la respuesta que obtenga de estos para que la conflictiva en ciernes pueda hacerse visible e interactuar en diversos escenarios, o bien, que se mantenga en estado larvario hasta su posterior eclosión.

En la medida que los adolescentes se encuentran en plena tarea de reformular su identidad estarán ávidos de abrevar en modelos que les permitan, por un lado, paliar el angustioso vacío que sienten y que, por otro, los sujeten y afirmen frente al vértigo al que constantemente se ven expuestos. Definirse como sujetos (sexual y vocacionalmente), tener un proyecto a futuro, sentirse aceptados y valorados por sí mismo y por los demás en un momento donde lo anterior (la niñez), ya no sirve como referente y lo que se perfila (la adultez), es un continente desconocido y, por lo tanto, peligroso es una tarea monumental y llena de atajos cortos que pueden convertirse en trampas.

Este complejo escenario los puede llevar a padecer diversas afecciones. Podemos nombrar, entre otras, ansiedades, angustias, inhibiciones, temores, actuaciones, producción de cábalas, depresiones o adicciones. El grado y compromiso de cualquiera de estas afecciones justifica ampliamente la necesidad de un abordaje terapéutico.


_ ¿Están los padres, en general, permeables a acompañarlos en este instancia, con qué situaciones se encuentra habitualmente?


Una vez acordada la consulta, y de no mediar conflictos que lo impidan, los padres tratarán de exponer las razones por las cuales la dinámica cotidiana de la vida familiar se ha tornado dificultosa, angustiante, insostenible, indigerible y/o intoxicante. O bien, de cómo un hecho y sus consecuentes incidencias impide la comunicación, la contención, la reflexión, la ayuda y/o la puesta de límites. De esta forma, el relato pondrá en el centro de la escena a un hijo díscolo que se aísla, enmudece, maltrata, desobedece, ignora, descalifica, se deprime, desafía, etc.  

A partir de esta delimitación inicial de sufrimientos y responsabilidades el camino a transitar se poblará de bifurcaciones en función de las características de las parejas parentales. De este modo, algunas parejas parentales buscarán desmarcarse de su implicación y responsabilidad desplazándolas sobre la conflictiva que porta y soporta el adolescente. Otros padres, en cambio, invadidos por el miedo o la desesperación inculparán directamente al protagonista y/o a su entorno (amistoso, social o institucional), responsabilizándolo por la crisis y sus vicisitudes asociadas. Deslindando de plano cualquier tipo de incumbencia o de participación en el conflicto desatado, en un intento de sustraerse de un replanteo autocrítico que pueda llenarlos de culpa, o bien, muestre tanto sus limitaciones como sus aspectos alienados.

Sin embargo, algunas parejas de padres estarán dispuestas a incluirse en el escenario donde se desarrolla la crisis, aceptando dentro de una graduación de matices sus propios papeles y responsabilidades. Esta actitud más flexible y empática va a permitir contextuar el protagonismo del joven desde el punto de vista de una producción individual, vincular y familiar. La emergencia de esta diversidad de posicionamientos subjetivos parentales marcará con su colaboración y su acompañamiento el rumbo y las posibilidades de llevar adelante desde una serie de entrevistas a un tratamiento propiamente dicho.

Con todo, resulta necesario considerar las oportunidades en que los padres movilizados por el sufrimiento del hijo consultan con la fantasía de extinguir el conflicto de manera inmediata, auspiciados por la intención inconsciente de encontrar un depositario (en este caso, el propio terapeuta), que se haga cargo tanto de la situación conflictiva como del protagonista de la misma. Esta actitud tiende a delinear un escenario que puede virar de una idealización inicial a una paulatina decepción a medida que los padres se vayan percatando de la profundidad de la crisis y del tiempo a invertir en su abordaje y elaboración. Si esta situación crítica puede ser superada resulta posible lograr un reposicionamiento familiar frente a la conflictiva del protagonista. Esto le permitirá al proceso recién iniciado continuar su curso apuntalado sobre el grado de implicación alcanzado por parte de los padres y el resto de la familia. En caso de que este escenario no llegue a consolidarse, nos enfrentaremos al peligro de una eyección prematura del marco psicoterapéutico.

Asimismo, cuando los padres consultan a partir del propio sufrimiento pueden solicitar un tratamiento dentro de un encuadre individual para el adolescente, siempre y cuando éste no atente contra el statu quo familiar. Es que un encuadre multipersonal puede desatar un conjunto de movimientos resistenciales que finalmente desemboquen en un cuadro de ausencias o deserciones. Esta dinámica familiar posibilita una serie de riesgos a la incipiente vinculación entre el adolescente y el psicoterapeuta. Como el de quedar varados en una estéril lucha en soledad contra un frente familiar homogéneo orlado por la indiferencia o la descalificación. O bien, verse apartados por una interrupción brusca del tratamiento forzada por el poder que detentan los padres.

Por tanto, sea cual fuera el punto de vista teórico-clínico desde el cual nos posicionemos, los padres van a estar desde el inicio involucrados en el trabajo con el adolescente. Su decisiva presencia se va a manifestar tanto en el ámbito psíquico del adolescente como en la vinculación que el psicoterapeuta mantenga con él, en tanto fueron la fuente y el motor de su mundo interno y de sus modalidades de interacción. Además, son ellos quienes piden la consulta, quienes van a aceptar o rechazar la indicación psicoterapéutica, quienes sostendrán o interrumpirán el tratamiento acordado y quienes habrán de colaborar o sabotear el proceso puesto en marcha. De este modo, el trabajo con la pareja parental tanto en su calidad de figura como de fondo, se constituye en una herramienta fundamental a la hora de la deslocalización del adolescente de las problemáticas enajenantes provenientes de su entorno familiar.

No obstante, este planteo centrado en las vicisitudes derivadas del abordaje de la pareja parental resultaría fragmentario si no incluyéramos una condición agravante para el desarrollo y perdurabilidad del trabajo clínico. Es que ya centellee en el resplandor de la conciencia, ya permanezca en la oscuridad de lo ignorado, la temible idea de un fracaso en su rol de padres con su consecuente injuria y dolor narcisista entrará a escena. A la sazón, será en el curso de las entrevistas, o del tratamiento, que resultará imperioso desactivar las dimensiones culpabilizante y paralizante de esta idea. De lo contrario, sea por su desesperada represión, desmentida o repudio, sea por su flagelante aceptación, esta idea y sus consecuentes posicionamientos subjetivos también interferirán en el progreso de la salida de la crisis.

Será así posible trazar la línea invisible que une dos profundos padecimientos en el territorio de la autoestima. Por un lado, el del narcisismo injuriado de los padres frente a la decepción, la rabia y la culpa en la que se hallan inmersos a raíz de la constatación de que algo falló en el desempeño de su función. Por otro, la conflictiva crisis que atraviesa el adolescente, en tanto él mismo se encuentra en el complejo proceso de refundación de su identidad. Justamente, la combinación de estos padecimientos puede profundizar las pérdidas sufridas en la dimensión de los apuntalamientos vinculares, ya que en tanto los padres se encuentren reparando las mismas heridas que el hijo van a quedar interferidos, obstaculizados o impedidos de aportar el auxilio y el acompañamiento que éste necesita.


_ ¿Es muy pequeño el porcentaje de adolescentes que hacen terapia? ¿Por qué? ¿debería ser diferente en nuestro medio?


No contamos con estadísticas que ilustren esta situación.


_ ¿Es habitual que un chico o chica se entusiasme con la idea de analizarse pero abandone rápidamente? ¿Qué se hace en ese caso?


Las peripecias terapéuticas son muy variadas. Los entusiastas pueden abandonar la partida y los resistentes pueden quedarse hasta el final. Entre medio de estos dos polos tenemos todos los matices posibles.


_ ¿Cuáles son las problemáticas que hoy más afectan a los jóvenes en la Argentina?


Si bien no contamos con estadísticas que den cuenta con precisión de estas cuestiones, las problemáticas adolescentes más comunes giran en torno a las vicisitudes de la autoestima. De este modo, el tema de la amenaza del fracaso, el cual corroe las bases de la autoestima, se presenta en el territorio de la incontrastable prueba de realidad. Exámenes, pasantías, competencias deportivas, abordaje del otro sexo (o del mismo), etc., devienen amenazadores porque como dice el refrán: "en la cancha se ven los pingos". Especialmente, si la presión familiar es muy fuerte y deben demostrar su valoración triunfando para poder conservar el cariño y la admiración de los padres en tiempos donde lo axiológico se encuentra ligado a la competencia sin reglas y al exhibicionismo del éxito.

Por otra parte, la inmediatez de la descarga que oferta la cultura del consumo (que los ha ubicado junto a los niños en el centro de sus políticas), y las dificultades que conlleva la construcción del pensamiento simbólico se transforman en ejes centrales de la problemática actual de los jóvenes. La formación de un criterio, de un pensamiento crítico, es desalentada por el sistema de ideas que hoy impera y que para colmo ha erigido a los adolescentes como modelo sociocultural a imitar.

Por lo tanto, la transición adolescente se halla siempre amenazada por diversas fuerzas, tanto externas como internas, sea cual fuera el contexto donde se desarrolla. Por esta razón, la fragilidad emocional de los jóvenes a raíz de ser sujetos en construcción se convierte en un flanco difícil de proteger si los adultos no cumplen eficazmente con sus funciones acompañante y apuntalante. Sin embargo, esta amenaza resulta más atemorizante aún cuando los propios adultos se retiran y dejan a los jóvenes librados a su angustiante soledad y al subterfugio de que ya lo saben todo. En este sentido, la función del adulto es comparable con la del encofrado que se utiliza en la construcción, es necesario esperar a que el hormigón fragüe para que pueda ser retirado.   



_ Muchos dicen "la juventud está perdida", qué piensa al respecto...


Sócrates decía: “Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tiene el mayor respeto por los mayores de edad.

Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. No se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos.”

Y Hesíodo agregaba: “Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder. Porque esta juventud es insoportable, desenfrenada y simplemente horrible.”

Tal como puede apreciarse la idea de "la juventud está perdida" viene de larga data. La idea cambia de sentido si pensamos que cada generación adolescente, parafraseando a la película, se encuentra en busca de su destino.


_ ¿Se ocupa el Estado verdaderamente de nuestros adolescentes?


No tengo datos para responder esta pregunta.

  

_ ¿Es muy distinto el trabajo que se hace en la parte pública con respecto a la privada en cuanto al trabajo con los adolescentes, desde la psicología? Son muy diferentes sus problemas???


No tengo datos para responder esta pregunta.


_ ¿Cómo advertir que el padecimiento psíquico de un chico es algo pasajero o se está frente a un problema muy serio? Me refiero a la mirada de los padres...y cuándo consultar con cierta urgencia a un profesional.



Los jóvenes necesitan llenar los vacíos de su identidad, ya que ésta se encuentra en plena construcción. Sin embargo, la tensión y la exigencia tanto interna como externa con la consecuente generación de angustia son tan altas que muchos de ellos apelan a estos atajos cortos para intentar paliarla. Atajos cortos que pueden resultar transitorios en muchos casos, pero que en otros pueden consolidarse en actitudes permanentes debido a que serios trastornos familiares amenacen con arrojarlos frontalmente al fracaso, o bien, los hagan depositarios de la conflictiva mental de alguno de sus miembros.

De todos modos, los adolescentes siempre comunican lo que les está pasando tanto a través de sus palabras como de sus actitudes y conductas. Lo importante es saber escuchar y leer en sus actos el mensaje que nos están enviando.




Reportaje en el diario La Capital de Rosario 13/10/2019