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marcelo luis cao

Nuevas Trayectorias del Planeta Adolescente


                                        Lic. Marcelo Luis Cao (1)


I'm looking through you, ¿where did you go?

                                    I thought I knew you, ¿what did I know?

You don't look different, but you have changed

               I'm looking through you, you're not the same                                                                                        

      

Lennon&McCartney(2)



En mi ensayo titulado Planeta Adolescente desarrollé una comparación metafórica entre el colectivo que reúne a la franja juvenil que se encuentra en tránsito y dicha expresión astronómica. Esta expresión se utiliza en para designar a una gama de cuerpos celestes que además de orbitar en torno de una estrella carecen de luz propia. No obstante, no fueron las diferencias de luminosidad la razón por la que los astrónomos de la antigua Grecia utilizaron este vocablo, ya que éste deriva de una voz cuyo significado es errante.

La acepción más común de esta voz se aplica a algo o a alguien que vaga sin rumbo fijo, o bien, que cambia de emplazamiento constantemente. Es de esta forma como se pone en evidencia que desde su misma raíz etimológica la noción de planeta se encuentra ligada de manera indeleble a la condición de viajero.  

Por tanto, la equiparación entre planeta y adolescencia se hace posible gracias a que este escurridizo fenómeno deambula por el campo societario a la manera de un eterno vagabundo (precisamente así se traduce la expresión rolling stone). Esto se debe al curso constantemente cambiante que van adoptando sus itinerarios, razón por la cual en general se tornan incomprensibles para los adultos que los contemplan.

En este sentido, la tentativa de iniciar una exploración del Planeta Adolescente para lograr un relevamiento de sus expresiones culturales nos enfrenta con un ineludible desafío. El abigarrado entrecruzamiento de variables que influyen, condicionan y determinan la expresividad de los sucesos que se despliegan a lo largo de sus latitudes nos obliga a internarnos en las dificultades que apareja un abordaje desde una perspectiva de enfoques múltiples.

Pensar al adolescente escindido de su realidad familiar, social, histórica y cultural para centrarse sólo en las reformulaciones de su psiquismo puede desviar el enfoque hacia el atajo de lo psicopatológico, como ya ocurrió en numerosas oportunidades. Este atajo encuentra lógicas apoyaturas en las dificultades que presenta este psiquismo en la medida que se encuentra en pleno proceso de construcción, deconstrucción, reconstrucción y reensamblado. A lo cual debemos sumar el cúmulo de pérdidas que arrecian en este momento vital. Justamente, de la laboriosa tramitación de las mismas proviene la nominación de esta etapa, ya que adolecer significa doler, sufrir, aunque también crecer y medrar.

Por lo tanto, para poder pensar los registros culturales adolescentes resulta necesario reacomodarse a las fluctuaciones que propone la dinámica de un fenómeno que al estar caracterizado por lo incesante y lo multifacético nos confronta con una pluralidad de ejes y variables, los cuales se presentan en un espectro que va del cruzamiento múltiple a la superposición. Por tanto, es de capital importancia que no nos quedemos anclados en una visión única (sea metapsicológica, sociológica, histórica, biológica, etnológica, etc.), ya que la adolescencia se imbrica y encabalga en todos estos registros sin que ninguno la abarque totalmente.

La adolescencia entró en escena con la puesta en marcha de la Revolución Industrial. Es que las profundas modificaciones que se suscitaron en el campo socioeconómico a raíz de este salto tecnológico fueron las que propiciaron la generación de este inédito fenómeno, el cual de ahí en más comenzaría paulatinamente a marcar con su inevitable influencia el pulso de los cambios que habrían de acaecer en las sociedades industrializadas.

De este modo, el colectivo adolescente fue a ocupar el lugar que dejaran vacante los milenarios ritos de iniciación. No obstante, este lugar no habría de conservar su clásica configuración, sino que vio trasmutada su espacialidad puntual en una amplia dimensión temporal, dimensión que habrá de cobijar a un grupo de sujetos que a raíz de las demandas del nuevo esquema socioeconómico serán alistados en la categoría de pasajeros en tránsito.

La llegada del maquinismo con su efecto de ruptura sobre los órdenes laborales y sociales establecidos dará lugar a un cambio en los usos y costumbres de la sociedad con su inevitable repercusión en el campo deontológico. Este nuevo ordenamiento social que habrá de trastrocar todo lo conocido hasta el momento cabalgará indemne de ahí en más. La burguesía triunfante no sólo asestará un golpe mortal a las aristocracias u oligarquías reinantes, sino que también arrebatará la antorcha de los valores e ideales con que se delimitaban los intercambios sociales.

De esta forma, quedará implantado un nuevo código y un nuevo contrato social a los que habrá que adaptarse, ya que, parafraseando a un pensador de la misma época, solamente habrán de sobrevivir los más aptos. Será necesario, entonces, prepararse e instruirse para ocupar los nuevos puestos laborales dentro del reluciente aparato productivo creado por la primera revolución tecnológica a escala masiva de la historia.

Esta inédita situación es la que dará origen al compás de espera entre el fin de la infancia y la incorporación al trabajo. En este significativo punto de inflexión es donde comienza a ensancharse la brecha entre la niñez y el mundo adulto, arrojando definitivamente a la caducidad al ya inoperante rito de iniciación (3). Será en esta imprecisa brecha donde se producirá el paulatino afincamiento de los pasajeros de la transición adolescente.

De este modo, a partir de la existencia de este nuevo lugar se comenzará a constituir un imaginario sin precedentes en la historia de la humanidad, un imaginario adolescente, ya que éste pertenecerá a un grupo de sujetos que se está formando, que está buscando una identidad, que no tiene otra definición más clara y precisa que la de estar indefinidos.

Sin embargo, a pesar de que la revolución tecnológica catalizó la irrupción adolescente, fue imprescindible para que este fenómeno se echara a rodar la cuña que introduciría el individualismo dentro de la escala axiológica de la época. La ética liberal propalada por el capitalismo industrial acentuó el criterio de que cada individuo debía definir sus criterios y vocaciones en función de la multiplicidad de valores e ideales que circulaban por su urdimbre sociocultural.

Sin embargo, a pesar de que la conjunción entre Revolución Industrial e individualismo habían gestado las condiciones para que los adolescentes comenzaran a tener un papel relevante, este colectivo tuvo durante décadas un muy relativo peso en el campo sociocultural. Sólo su presencia se tornó conmocionante para la sociedad cuando estos pasajeros en tránsito encontraron una referencia para pensarse a sí mismos.

Por tanto, transcurrió mucho tiempo hasta que los adolescentes pudieron identificarse mutuamente entre sí. A partir de ese momento pudieron cohesionarse y otorgarse un lugar discriminado donde encontrar los referentes para sustentar su pertenencia. Y fue la imagen en formato cinematográfico la que otorgó la posibilidad de verse en y a través del sesgo de unos ojos ajenos, para poder así capturarse y ser capturados en una representación que de ahí en más entraría en comercio asociativo.   

Precisamente, la incorporación de la temática adolescente y de sus vicisitudes en los filmes que Hollywood produjo a partir de la segunda posguerra contribuyó de una manera inestimable para que los jóvenes obtuvieran una categoría propia. La legitimación cinematográfica del fenómeno adolescente y de su rebeldía se hizo extensiva a los dolientes protagonistas que actuaban por fuera de la ficción de la pantalla. Esto generó un incremento en la postura opositora y crítica hacia el mundo de los adultos, ya que el creciente agrupamiento identificatorio de los jóvenes derivó en la creación de una emblemática propia.

De este modo, las producciones de sus imaginarios son las que conforman y sostienen el entramado cultural del Planeta Adolescente, en tanto definen los códigos, ideales y valores con los que se establece no sólo la comunicación sino también la convivencia con los adultos, permitiendo, a su vez, la mentada proyección a futuro. Asimismo, estas producciones transcriben en tiempo real a las significaciones imaginarias sociales que pueblan el éter cultural la sinergia de fuerzas que expresa y se expresa a través de cada generación adolescente.

Recíprocamente, el acceso a las significaciones imaginarias sociales de una cultura a través del imaginario adolescente les permite apropiarse de sus emblemas, adscribir a una identidad por pertenencia, ocupar lugares permitidos y asignados en pos de un proyecto identificatorio que además de impregnar de futuro al yo, pilar sobre el que se asienta el devenir psíquico, garantiza la inclusión del adolescente en dicha cultura.

Este movimiento de acceso a los espacios que prescribe la cultura queda indisociablemente ligado al despliegue en el registro intersubjetivo de las potencialidades que el sujeto porta. Por lo que su impedimento absoluto generará situaciones teñidas de una calidad trágica que podrán marcarse, desde la vertiente social, en la forma de la inadaptación o del rechazo categórico de las pautas culturales, con sus correlatos de marginación y violencia. O bien, desde un derrotero singular, con la activación de procesos neuróticos (inhibiciones, fobias, desórdenes narcisistas, etc.), o psicóticos (hebefrénicos, derrumbe del falso self, etc.). Estos procesos están, desde ya, sobredeterminados por la historia del sujeto, que no es más que la historia del encuentro significativo con los otros del vínculo, pero que eclosionan en los críticos pasajes entre la niñez y la adolescencia y entre la adolescencia y adultez temprana.

Por su parte, la moratoria social que engloba sucesivamente a cada generación de jóvenes dentro de los límites de la condición adolescente, produce a través de su silente accionar un inesperado excedente en sus efectos. Es que su función catalizadora, aquella que contribuye a procesar dentro de su jurisdicción las búsquedas que lleven a la obtención de un lugar en el mundo cultural adulto, se ve rebasada por el impacto imaginario-simbólico que produce la eclosión de una identidad por pertenencia.

Esta desarrolla y sostiene entre los jóvenes un conjunto de representaciones, afectos y deseos que les permite sentirse parte integrante de la época y de la generación en la que les toca participar. De esta manera, durante la regencia de cada camada juvenil se gestará, en el marco de la dinámica establecida entre estas bases interactivas, la construcción de un imaginario adolescente propio. Es decir, un conjunto de representaciones que otorgará los imprescindibles contextos de significación y jerarquización al pensar, al accionar y al sentir de una generación que busca su destino.

De esta manera, la posibilidad de integrarse en un medio social de pares con la que cuenta cualquier joven, dependerá de la puesta en marcha de ciertas formas de significar y accionar emanadas del imaginario adolescente de turno. La contrapartida de los beneficios alcanzados a partir de la obtención de esta identidad por pertenencia, requiere de la indispensable adaptación a ciertas pautas de comportamiento grupal.

Sin embargo, a pesar de la consabida pérdida de libertad que esta situación conlleva, su aceptación ayuda a disminuir parcialmente los temores, angustias y contradicciones que genera la exigencia de trabajo psíquico y vincular que requiere la conflictiva construcción de un montaje identitario que permita franquear el ingreso al mundo adulto. En este sentido, las producciones culturales de cada época tendrán su decidida injerencia en las formas que adopten el imaginario adolescente y sus consecuentes directivas, a la hora de transitar las sucesivas elecciones que demarcan el arduo camino que lleva a la consolidación de esta nueva dotación identitaria.

Recíprocamente, en la medida de que también resulta protagonista de la construcción de su propio imaginario, cada camada adolescente pondrá en marcha una dinámica cultural propia que insuflará nuevos aires tanto en el centro como en la periferia de la sociedad que le tocó en suerte. De este modo, cada generación se encontrará potencialmente en condiciones de convertirse en una vanguardia (política, artística, intelectual, tecnológica, etc.), que podría influir y modificar con su accionar tanto los destinos propios como los de la cultura en la que se mueve.

De esta suerte, una de sus características más peculiares de la condición adolescente es que debe ser reformulada por cada nueva generación en función y, a la vez en contra, de las pautas socioculturales dominantes. De este hecho se desprende su típica, pero también durante mucho tiempo poco comprendida, estructuración paradojal.

Tal como puede apreciarse, la adolescencia es el resultado de una compleja operatoria. Su entidad se gestó en el apretado tejido que conforma la red cultural, aquel espacio donde se sostienen todas las producciones subjetivas de una sociedad. No obstante, el entramado de la red cultural no sólo no permanece estático sino que tampoco adopta los previsibles formatos de la linealidad, o bien, los de algún planeamiento previo. Va sufriendo continuos y a veces imprevisibles cambios en su rumbo, los cuales delimitan los nuevos contextos y escenarios donde se representa la vida social de una cultura dada en un determinado período histórico.

El giro que fue tomando el mercado publicitario en las últimas décadas dirigiendo la mayoría de sus ofertas de consumo constante a la franja adolescente modificó los hábitos y los actores del proceso de producción-distribución-consumo. Es que, finalmente, la sociedad posindustrial aceptó la presencia de esta franja etárea en la medida en que sus intereses se vieron favorecidos. De esta manera, su lugar terminó virando de la inexistencia total (recuérdese que hace apenas 60 años atrás no había productos ni comercios exclusivos para adolescentes), al papel protagónico del modelo ideal y estandarizado del sujeto social.

Asimismo, las producciones culturales provenientes de la intersección del neoliberalismo, el relato posmoderno y los usualmente denominados medios masivos de comunicación nos ponen en la pista de la comprensión del sesgo que ha tomado la sociedad en relación con la constitución de los psiquismos de los sujetos que la componen. Estos se verán atravesados, básicamente, por los ideales y valores que aquella instituye y trasmite.

De este modo, el cúmulo de trastrocamientos en el campo de las significaciones imaginarias sociales delineó tanto un nuevo conjunto de referencias como de pautas de comportamiento, que conllevó la modificación de los usos y costumbres pretéritos de manera decisiva. La franja adolescente, más allá de sus habituales incursiones en la introducción de novedades a partir de su característica condición, se vio también convocada en su sentir, pensar y accionar a una asimilación urgente de esta catarata cambios en su propio imaginario.

A la sazón, venimos presenciando una serie modificaciones en los códigos y las conductas del colectivo adolescente en base a como se va modificando su imaginario. Sin embargo estos cambios en su cultura están ligados a las innovaciones que se producen no sólo en la producción de subjetividad sino también en los campos tecnológicos y políticos.

Los adolescentes que suelen funcionar como una caja de resonancia de los movimientos de la cultura donde están insertos no resultaron ilesos del impacto que aquellos cambios les infringieron. Las coordenadas del enfrentamiento generacional se alteraron debido a que la entronización del joven como modelo ético y estético de una sociedad exitista disuelve las diferencias con una franja adulta que opta por adolentizarse para desmentir el paso del tiempo y su responsabilidad familiar y social.

La dinámica de las vinculaciones cambió al ritmo de las nuevas pautas de conducta, lo que los llevó a adueñarse de la noche, a preferir la liviandad de los encuentros y al intercambio incesante de partenaires, o bien, llevar adelante parejas abiertas que les permitan sostener sus exploraciones eróticas sin cepos ni culpas. Asimismo, decidieron anteponer el vínculo amistoso por sobre el amoroso, utilizar el alcohol para sentirse seguros en el acercamiento, consumir drogas blandas para ahuyentar la angustia y el vacío, vestirse en mayor o menor concordancia con las tribus urbanas dominantes, consumir sexo sin anclaje en vinculaciones perdurables y, fundamentalmente, dejar progresivamente de consultar a los adultos si notan que estos no pueden sostenerse en sus propias convicciones.

Por otra parte, la difundida erotización precoz propalada por los medios de comunicación aceleró el ingreso de los jóvenes en una dinámica sexual que los obliga a forzar definiciones, llevándolos muchas veces a una actuación evitativa vía consumo de drogas, o bien, a forjar una seudoidentidad que encubre un andamiaje infantil que no ha tenido oportunidad de madurar. Es así como los emblemas de la masculinidad y de la femineidad pueden ser utilizados como verdaderas mascaradas que encubren los endebles procesamientos en el área yoica, en el de las instancias ideales y en el campo pulsional.

Asimismo, el mercado destila permanentemente estrategias estimulando el consumo de ilusiones a la hora de obtener de manera casi instantánea un montaje identitario prêt-à-porter. Una vez que éste es adquirido resulta posible acceder a las diversas pertenencias y membresías socioculturales englobadas en el lema rector del estatus poscapitalista: “tengo luego existo”. Así lo pueden atestiguar las adolescentes que piden y reciben como regalo de graduación de la escuela secundaria un implante de siliconas en sus senos. La preferencia por este tipo regalo no sólo se relaciona con el tiempo de uso, ya que a diferencia de unas vacaciones o de un automóvil el implante es en principio de larga duración, sino que también conjuga con los valores e ideales del momento, donde la tecnología puede proveer lo que la naturaleza no aportó, franqueando un ingreso sin pudores ni vergüenzas al mundo globalizado que gobierna la imagen.

Por otra parte, presenciamos una actitud de tipo dilatorio que apunta a una temporaria cancelación del proceso madurativo su consecuente ingreso al mundo adulto. En la escuela secundaria se expresa a través de las repeticiones de año que se producen a lo largo de los ciclos lectivos. De este modo, el cúmulo de repeticiones, inéditas tiempo atrás, cumplen inconcientemente la función de demorar el momento del futuro egreso. Cuando la secundaria queda atrás, con o sin materias pendientes, puede también surgir a manera de prórroga la idea de un falso año sabático, donde un viaje, un trabajo temporario, o bien, el simple argumento del descanso luego de tantos años de escolaridad, imponga un compás de espera para ingresar al ciclo subsiguiente.

A su vez, en el ámbito universitario esta suerte de prórroga estratégica se puede manifestar a través de una seguidilla de cambios de carrera, basados en confusiones o indecisiones de tipo vocacional. Asimismo, pueden presentarse extensiones injustificadas en los tiempos de cursada, o bien, aplazamientos a la hora de rendir los exámenes finales. Todos estos recursos se ponen al servicio de postergar el irreversible momento de la graduación.

Otro recurso interpuesto para enfrentar la abulia y la desorientación lo descubrimos en aquellos que se anotan en las diversas ofertas provenientes de los promocionados paraísos artificiales. Aquí nos encontramos con los que frecuentan el territorio de las vivencias anestesiantes a través de algún tipo de ingesta material o simbólica (desde la marihuana hasta el zapping televisivo). Otros optan por la aceleración emotiva que lleva a la descarga de adrenalina consumiendo estimulantes (éxtasis, cocaína, speed, etc.), o bien, abrazando la causa del vértigo (picadas automovilísticas, salidas maratónicas, etc.). También están aquellos que imaginan una solución de corte mágico por la vía migratoria, sin medir los costos ni las consecuencias que apareja cualquier tipo de movimiento que implique un proceso de transculturación.

De este modo, las estrategias inconcientes centradas en el aplazamiento son tributarias del temor inherente a la necesidad de asumir del papel que esta sociedad les puede destinar. Es que más allá del empeño que puedan poner en conseguir sus propios objetivos, al haber caducado las clásicas garantías hoy pueden estar empleados, mañana desocupados y posteriormente excluidos. Este recurso se manifiesta tanto en adolescentes de familias de clase media que aún se mantienen económicamente a flote, como en aquellos de clase alta que se encuentran más allá del bien y del mal. En cambio, los jóvenes pertenecientes a las clases bajas y excluidas no sólo no cuentan con este recurso para paliar la coyuntura, sino que resulta harto palpable como en estos contextos la condición adolescente ha comenzado a desaparecer como tal. Es que en las circunstancias en las que se desarrollan sus vidas no se presenta ninguna moratoria social que contemple y contenga el controvertido pasaje entre el mundo infantil y el adulto.

Por otra parte, como resultado de la globalización económica y cultural y de la expansión de las comunicaciones y sus nuevos formatos, es posible establecer vínculos globales que dan lugar a representaciones simbólicas transnacionales que contribuyen a conformar una identidad juvenil con un conjunto de rasgos compartidos.

Las grandes manifestaciones juveniles que vienen recorriendo el mundo con paso avasallante se inscriben en la exclusión y precarización en contextos de enorme desigualdad social, situación que ha desatado la indignación de amplios sectores sociales entre los cuales las y los jóvenes poseen un papel protagónico.

Los movimientos de los llamados “indignados”, surgidos en esta última década, se fundan en el quebranto de la esperanza relativa a un futuro asociado al progreso y a una cotidianidad cargada de incertidumbre y aprehensiones. Millones de jóvenes enfrentan a los efectos de una crisis ampliada que afecta sus condiciones de vida, sus expectativas de empleo, su acceso a prestaciones sociales, a la pérdida de seguridad en contextos cada vez más violentos desde los cuales, de forma paradójica, se los estereotipa y criminaliza como si fueran los causantes de dichas penurias.

De este modo, se destacaron las movilizaciones de jóvenes israelíes que protestaron por la imposibilidad de acceder a una vivienda, o los que cambiaron los escenarios sociales en los países árabes del norte de África (Túnez, Egipto y Libia), y en Medio Oriente (Siria). Así como también, la indignación irrumpió en las plazas madrileñas cuando los jóvenes salieron a exigir empleo y mejores condiciones de vida propalando dicha indignación a Barcelona y a otras tantas ciudades. Las protestas se ampliaron a Portugal, Grecia, Irlanda, Estados Unidos hasta llegar a 82 países y 951 ciudades en las movilizaciones de cientos de miles de personas en octubre de 2011.

Casi al mismo tiempo los estudiantes secundarios chilenos, en tanto consideraban al sistema educativo como uno de los más excluyentes y desiguales del mundo, comenzaron a tomar colegios oponiéndose a la privatización de la educación, ocupando en pocas semanas cientos de establecimientos. Exigían una educación que les permitiera formarse no sólo como profesionales, sino también como ciudadanos con pensamiento crítico para enfrentar las innumerables contingencias de un futuro cada vez más incierto. Las insuficientes propuestas presentadas por el gobierno fueron rechazadas y se iniciaron marchas masivas reclamando a las autoridades reformas educativas serias (educación como derecho social brindado con gratuidad, equidad y calidad).

Por otra parte, si bien miles de mujeres de todas las edades marcharon durante 2018 en Buenos Aires y otras ciudades del interior del país reactivando la lucha por la legalización del aborto en Argentina, la franja adolescente copó las calles con su presencia bullanguera. Las adolescentes orladas con sus pañuelos verdes llevaron adelante con su entusiasta participación la voz cantante de estas movilizaciones.

 También en 2018, pero en otra latitud, Greta Thunberg con sus quince años se manifestó frente al parlamento sueco sosteniendo un cartel que pedía una acción climática más fuerte. Al poco tiempo, otros estudiantes participaron en protestas similares en sus propias comunidades. Juntos organizaron un movimiento de huelga climática escolar con el nombre de Viernes para el Futuro. Después de que Greta se dirigió a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2018, se realizaron huelgas estudiantiles cada semana en algún lugar del mundo. En 2019, hubo al menos dos protestas coordinadas en varias ciudades que involucraron a más de un millón de alumnos cada una.

Por tanto, a pesar de que el curso de los eventos sociales, económicos y políticos ha virado una y otra vez, las guerras de alta y baja intensidad siguieron asolando poblaciones, colectivos y minorías. Los ideales y valores continuaron con su habitual derrotero de degradación. Y el capitalismo posindustrial a predominio financiero sigue bailando en la cubierta del Titanic. Aún así, como muestra y demuestra este desarrollo, más allá de la modalidad con que cada generación de adolescentes asume, metaboliza y resuelve su posicionamiento subjetivo frente a los cambios, a la vez renueva su esperanza y compromiso por la construcción de un futuro mejor para sí mismos y para toda la humanidad.


NOTAS

(1) Lic. en Psicología. Miembro Activo de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados. Profesor Adjunto de la Carrera de Especialización en Psicoanálisis con Adolescentes de la UCES. Supervisor del Equipo de Adolescentes del Hospital Zubizarreta. Autor de los libros: Planeta Adolescente. La Condición Adolescente. Desventuras de la Autoestima Adolescente, Aperturas y Finales en Clínica con Adolescentes y de la novela Vi(r)ajes. Página Web: www.marceloluiscao.com.ar

(2) “Estoy mirando a través de ti, ¿adónde has ido? / Pensé que te conocía, ¿qué conocía? / No parecés diferente, pero has cambiado / Estoy mirando a través de ti, no sos el mismo”. I'm looking through you.

(3) El rito de iniciación fue reemplazado por el conjunto de iniciaciones rituales marcadas por el grupo de pertenencia y la cultura epocal, tal como lo reflejan la ingesta programada de alcohol y drogas, el debut sexual, los tatuajes, el viaje de fin de estudios (primario y secundario), las vacaciones con el pares, etc.


BIBLIOGRAFIA


Blos, Peter (1979): La transición adolescente. Amorrortu. Buenos Aires, 1981.

Cao, Marcelo Luis (1997): Planeta adolescente. Cartografía psicoanalítica para una exploración cultural. Windu Editores. Segunda Edición. Buenos Aires, 2019.

Cao, Marcelo Luis (2009): La Condición Adolescente. Replanteo intersubjetivo para una psicoterapia psicoanalítica. Edición del autor. Buenos Aires, 2009.

Castoriadis, Cornelius (1975): La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets. Barcelona, 1989.

Castoriadis, Cornelius (1996): El avance de la insignificancia. Editorial Universitaria de Buenos Aires. Buenos Aires, 1997.