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Trastornos Narcisistas en la Adolescencia un eje Clínico

                                                                                                             





Lic. Marcelo Luis Cao




En su transcurso la condición adolescente puede detonar una serie de inhibiciones, síntomas y angustias. Muchas de ellas ostentan de manera franca un indiscutible cuño narcisista, mientras que otras se manifiestan de manera solapada a través de una vestimenta histérica, fóbica, obsesiva, depresiva, o bien, de tinte persecutorio. Es en este sentido que es necesario jerarquizar y profundizar este eje clínico mediante la focalización y el seguimiento de los desequilibrios que permanentemente se producen en el campo de la autoestima 2 .

La encrucijada adolescente se encuentra enmarcada y caracterizada por la emergencia de una doble crisis. La que se desbarranca sobre el mundo interno del sujeto a partir de la metamorfosis física y psíquica a la que se ve arrojado sin un posible retorno. Y la que se desencadena sobre el territorio de sus vínculos (amistosos, familiares, e institucionales).

En el plano intrasubjetivo el sujeto adolescente se enfrenta a la pérdida de las representaciones y afectos que habían poblado la atmósfera de su niñez. Esta pérdida pone en jaque a la mayoría de sus referentes infantiles, aquellos con los que había construido su ser y estar en un mundo gobernado por adultos. En el plano intersubjetivo se enfrenta con la pérdida de los códigos designados para relacionarse con los otros del vínculo (ya como sujetos de la realidad, ya como objetos de su fantasía), y con las vicisitudes propias de la reorganización de su dimensión pulsional (sus descargas específicas, sus sublimaciones, etc.).

De la misma manera, este conjunto de pérdidas también habrá de perturbar de forma contundente el equilibrio tópico, dinámico y económico de su registro narcisista, ya que los recursos y los logros con los que se cimentó su autoestima fueron tributarios de la misma organización representacional y afectiva que caducó en su vigencia con la llegada del adolecer.

Esta crisis por vaciamiento se refleja también en los trabajos de duelo cursados a partir de una la pérdida del cuerpo infantil, de los padres idealizados, de la dependencia material y afectiva, y del funcionamiento de sus instancias psíquicas. La avidez incorporativa que, a la sazón, despierta este vaciamiento, acuñó en la obra de Missenard la elocuente expresión de urgencia identificatoria, para definir así el estado que el psiquismo adolescente atraviesa en su normal anormalidad. Esta urgencia, sin embargo, no será la única. Es que para que pueda plasmarse la recomposición intrasubjetiva que le permita operar al joven en su nueva realidad, mediante el proceso de recambios afectivos y representacionales que denomino remodelación identificatoria, es necesario contar con una dinámica de intercambios en el plano intersubjetivo. Esta dinámica de intercambios será comandada la urgencia vinculatoria .

Estas dos urgencias marcan el ritmo incesante que lleva al adolescente a conectarse con estos nuevos otros del vínculo (pares y adultos extrafamiliares), que oficiarán como modelos, rivales, objetos y auxiliares en su desesperada búsqueda de un lugar en la tan deseada y tan temida cultura adulta. Esta dinámica de intercambios va a precipitar en las fugaces identidades con las que los adolescentes se manejarán en su larga marcha hacia el desprendimiento de la familia de origen, gracias a la puesta en marcha de un proyecto identificatorio y a la construcción de un escenario para el enfrentamiento generacional. Este procesamiento, que incluye un necesario cuestionamiento de los valores e ideales inculcados por la familia, habrá de presentar en su desenlace una articulación o una fractura, cuestión que la clínica con adolescentes deberá tener en cuenta al momento de trabajar los desequilibrios que justamente padece la autoestima.

A su vez, los trastornos narcisistas en la adolescencia no se configuran necesariamente como una perturbación psicopatológica en sí misma. Es que, en realidad, la propia condición adolescente despliega una dinámica que la lleva a comportarse en su transcurso como un dilatado trastorno narcisista. Por tanto, estos trastornos eventualmente pueden evolucionar hacia lo psicopatológico, o bien, pueden ser simplemente parte del procesamiento que lleve al sujeto hacia la adultez a través de la conformación de una serie de identidades que desemboquen en una más o menos estable.

De este modo, todo adolescente está bajo la influencia de un trastorno narcisista en la medida que está remodelando sus instancias psíquicas y su registro narcisista. Esta situación, que nos ubica directamente en el plano de los desequilibrios de la autoestima, se va a transformar en un verdadero eje clínico si es que reconocemos su decisiva importancia. Las concepciones clásicas que basaban la clínica con adolescentes sólo en la elaboración de la reedición del Complejo de Edipo perdían de vista que ésta no es justamente la piedra angular de la condición adolescente. Y, si bien, los destinos de Edipo y Narciso están recíprocamente enraizados, la cuestión crucial es la jerarquía que toma cada uno de estos complejos durante la transición adolescente.

Tenemos delineado, entonces, un trastorno narcisista de tipo genérico. Al abandonar la infancia el sujeto pierde no sólo sus recursos sino también la estructura psíquica que laboriosamente construyó. Por tanto, aquello que resultó operativo para desempeñarse como un niño ya no le sirve a la hora de ser adolescente. Nos encontramos aquí con los desequilibrios con los que nos desafía la remodelación de la instancia yoica y el registro narcisista representadas a través del incesante repiquetear de las preguntas quién soy y cuánto valgo. Asimismo, otro tanto habrá de ocurrir con la remodelación del Ideal del Yo en torno a las modificaciones que sufra la dimensión de futuro, representada en este caso con las preguntas quién quiero ser y qué quiero hacer. Mientras tanto, la Conciencia Moral en su trabajo de resignificar el sentido de la ley paterna y sus efectos represivos se habrá de preguntar qué es lo que ahora sí puedo hacer.

Sin embargo, para que estas preguntas puedan ser contestadas no podemos soslayar el papel que cumple la dimensión transubjetiva. Es que las Significaciones Imaginarias Sociales mutaron con los considerables cambios que se produjeron a lo largo el siglo XX: las 2 grandes guerras, el nuevo papel de la mujer, el estado de bienestar, la sociedad de pleno empleo y su progresivo desmantelamiento, la caída del muro, la restauración del neoliberalismo socioeconómico, etc. Durante la época en que el futuro parecía asegurado, los padres podían aconsejar a sus hijos: “estudien que así van a conseguir un trabajo y van a tener estabilidad”.Esta estabilidad marcaba una forma de pensar y de sentir que se perdió no sólo para los adolescentes sino también para los adultos que ofrecían una brújula para moverse en el mundo en el que tenían que vivir .

Es en este sentido que no se puede obviar el contexto social en la clínica con adolescentes (podríamos agregar, en ninguna). Todas estas variables influyen en la constitución de la subjetividad. El sujeto está sujetado a los valores de su época, nadie se encuentra ni más allá ni más acá de su momento histórico, ni siquiera las vanguardias ni las contraculturas, encarnadas en numerosas oportunidades por adolescentes. Encontramos así un problemática central a la hora de la constitución de la subjetividad allí donde los padres y la familia no pueden sustentar los valores e ideales con los que crecieron, ya que al estar también sumidos en la crisis que atraviesa la sociedad su capacidad de investir, apuntalar y acompañar se encuentra entre cuestionada y deteriorada.

La autoestima, a la sazón, es el resultado de una producción de corte vincular. Esta producción surge de los intercambios entre el sujeto y los otros del vínculo a partir del apoyo, del estímulo, de la indiferencia o de la crítica. Sentirse apoyado y estimulado genera confianza en uno mismo, mientras que la crítica o la indiferencia generan el efecto contrario. Por otra parte, el estilo que adopte la autoestima puede también surgir a partir de un modelo identificatorio proveniente de los vínculos primarios. Por ejemplo, un padre deprimido por estar desocupado no puede trasmitir un buen modelo de autoestima tanto a un niño como a un adolescente, esta situación puede generar en el hijo tanto culpa como rechazo. En este sentido, nada influye más en los hijos que la vida no realizada de los padres (ya por impotentes, ya por derrotados).

De todas maneras, la autoestima se origina en estos vínculos y se recrea permanentemente en todos los subsiguientes. Es en esta línea que trabaja la clínica de los trastornos narcisistas, ya que se trata de sentar las bases en torno de lo que no hubo, de remodelar lo que se encuentra maltrecho y de expandir lo que funciona bien. Por esta razón, cada vez que nos encontramos con la enunciación de un ”no puedo”, tenemos un indicador diagnóstico de un posible desequilibrio de la autoestima que puede llegar a cristalizarse si no es tratado o elaborado a tiempo. Es en este sentido que el trabajo clínico con adolescentes obliga a generar permanentemente nuevos recursos a la hora de la reformulación de la autoestima. Asimismo, a contrapelo de los padres derrotados y deprimidos, los exitosos pueden resultar aplastantes para la frágil autoestima en construcción de los sujetos adolescentes.

La dirección de la cura es un concepto que implica una ideología acerca de la teoría, de la práctica y de la curación. En este caso, dos líneas confluyen para una técnica específica en el abordaje de los trastornos narcisistas en adolescentes. La primera es la de manejarnos con una técnica que nos permita abordar esta conflictiva a través de una postura profundamente empática, es decir, ponernos efectivamente en sus zapatos. La segunda es la cuestión del sufrimiento adolescente, temática que tiende a esconderse de manera defensiva tanto por parte de los adolescentes como por parte de los adultos. Los jóvenes porque no quieren enterarse totalmente de su nivel de sufrimiento en tanto sería disruptivo para su bamboleante equilibrio psíquico, los adultos porque negamos, reprimimos o desmentimos cuan mal lo pasamos en nuestra adolescencia. Justamente, es ese reflejo especular el que nos hace difícil digerir los malestares, angustias y ansiedades que atraviesan al sujeto adolescente.

De esta manera, el recurso técnico de la empatía nos lleva directamente al corazón del sufrimiento adolescente. Por más que sean divertidos, que vengan a contar chistes, o bien, a hablar de cualquier cosa, la pasan mal y uno no debe olvidarlo. Es en este sentido que las funciones apuntalante y acompañante que debería asumir el terapeuta son decisivas para elaborar los desequilibrios que presenta el campo de la autoestima. Si acompañar es ir a la misma velocidad que va el otro sin imponerle la propia y apuntalar es darle sustento y continuidad a los recursos que ofrece el vínculo, el terapeuta de adolescentes no podrá sustraerse de estas funciones en nombre de ninguna neutralidad consagrada. Por tanto, las intervenciones deberán exceder el campo interpretativo para poder dar cuenta en vivo y en directo del entramado narcisista de su padecimiento.