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 VIOLENCIA: UN RECORRIDO VINCULAR






Lic. Marcelo Luis Cao






Los sujetos que utilizan la violencia para dirimir sus conflictos con la realidad y con los otros sufren de una carencia fundamental en la constitución de su psiquismo que les impide tolerar el más mínimo monto de frustración. Esta intolerancia generalmente se origina en la dinámica vincular que promueven familias con características abandónicas y deprivadoras, por lo tanto, violentas.

De esta forma, la violencia es sólo la manifestación visible de un complejo fenómeno vincular. Su cara oculta está delineada por las vicisitudes que sufren estos sujetos cuando se involucran en una nueva vinculación, sea tanto de pareja como familiar. La crisis puede detonarse cuando se ponen en marcha las cuestiones ligadas a la diferenciación en ocasión de que corra riesgo su pertenencia al vínculo.

El proceso de diferenciación consiste en la consolidación de la identidad y de la obtención de un lugar discriminado en la trama vincular. Si este proceso es vivido por alguno de los miembros del vínculo como un ataque o una pérdida irreparable para su autoestima puede producirse la emergencia de la violencia.

Cuando un vínculo de pareja funciona a predominio de sus corrientes más indiscriminadas y por su estructura no tolera la diferenciación el intento de cambio o de crecimiento de uno de sus miembros constituye un peligro real para el otro, ya que rompe con un equilibrio que sostiene la supervivencia de dicho vínculo. La violencia física o psíquica llegará entonces para que todo vuelva a su lugar y la amenaza sea conjurada.

En el caso de las relaciones entre padres e hijos el lenguaje de la violencia puede dar cuenta de múltiples situaciones conflictivas. El miembro victimizado puede ser el depositario por parte del victimario de una serie de sentimientos (envidia, odio, celos), o bien, de situaciones caracterizadas por la intolerancia a la frustración que a raíz de mantenerse irresueltas afectan de manera contundente el registro de la autoestima.

Sin embargo, en todos estos casos existe un denominador común al momento de la irrupción de la violencia: el sentimiento de impotencia. Este sentimiento descorre el velo de la imposibilidad de pensar, de acordar, de negociar, de elaborar y de aceptar lo ajeno de la presencia del otro del vínculo, aquello que está más allá de la voluntad y del poder de aquel que termina violentando, porque lo inunda una incontenible desesperación.


Es en este sentido que la violencia es cabalmente la contracara de la impotencia.