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 PENSANDO LO VINCULAR (*)






Lic. Marcelo Luis Cao






Para introducir el tema que nos convoca hoy me gustaría plantear una aseveración que funcione a la manera de una premisa: a raíz de que nos constituimos como sujetos en el contexto de interacción de múltiples tramas vinculares, en ese mismo contexto nos habremos de enfermar y sólo la travesía a través de otras tramas vinculares nos brindará la oportunidad de curarnos.

Aquella paráfrasis que Freud hacía del comentario atribuido a Napoleón de que la geografía era el destino y que aquél reorientaría hacia la anatomía por razones que todos conocemos, nos acerca la idea de lo que nos destina es el contexto y el contexto donde y a partir del cual surge y se desarrolla el psiquismo es el contexto vincular. Les ahorro aquí las referencias bibliográficas que son vastas tanto las previas como las posteriores a un texto canónico como  La violencia de la interpretación.

Luego de reconocida su importancia liminar, el contexto del vínculo nos lleva directamente a la importancia que tiene el otro en la constitución del psiquismo y sus vicisitudes asociadas. Especialmente, aquellas que deriven en el enfermar de uno o más de uno de los miembros de dicho contexto. Sabemos, por tanto, que en el principio fue el vínculo, pero que por una paradójica estratagema vital para que el sujeto se pueda constituir como tal es necesario postergar la aprehensión de este dato dándole entrada a escena a lo que Winnicott gustaba definir como ilusión. El campo de la ilusión devendrá en la imprescindible argamasa para que se cimente la futura condición de sujeto, pero también podrá convertirse en fuente de múltiples perturbaciones para esa misma condición.

Para sostener este proceso constitutivo donde la ilusión da paso a la desilusión se hace necesario no sólo la activa participación del otro del vínculo sino también su amable complicidad. Ya conocemos las gravosas consecuencias de la falta de empatía sobre la vulnerable construcción psíquica que lleva a cabo el infans, de aquí el papel insustituible que juega el otro originario en las formas y el contenido en que se haga la transmisión significante que tiene a cargo. Este otro, que más adelante verá difractado su funcionamiento en el contexto vincular con la imprescindible inclusión de más de un otro, porta y soporta la responsabilidad indeclinable de este proceso con sus respectivas incumbencias durante los años más conflictivos y peligrosos de la constitución del sujeto, o sea, durante la infancia y la adolescencia.

Empero, el papel que juega el otro del vínculo no se restringe sólo al tiempo de los orígenes. La marca constituyente que deja este otro se verá modificada y enriquecida en alguna medida con la presencia y participación de nuevos otros a través de los sucesivos vínculos en los cuales el sujeto habrá de apuntalarse a lo largo de su vida. Por tanto, la presencia del otro del vínculo en sus dos vertientes (como gestor constituyente y como puntal acompañante), será decisiva en el complejo tramado de un psiquismo que permanece abierto, a la vez que guarda referencia del lugar y función que habrá de ocupar respecto de este otro y de sus sucesivos subrogados.

Atwood y Stolorow (Los contextos del ser. Las bases intesubjetivas de la vida psíquica. 1992. Herder. Barcelona, 2004), plantean desde una perspectiva intersubjetiva que el “desarrollo psicológico y la patogénesis son ambos (...) conceptualizados en términos de contextos intersubjetivos específicos que conforman el proceso de desarrollo, y que facilitan u obstruyen (...) las tareas indispensables para la evolución y el paso exitoso a través de las fases del desarrollo”.

Por su parte, y a años luz de esta postura, la nosografía psicoanalítica a través de los cuadros psicopatológicos que delineó hizo centro en un mundo interno cuyo solipsismo netamente cartesiano impide taxativamente la inclusión de las dimensiones inter y transubjetiva. Ajustándonos a la estrechez de su discurso perderíamos la posibilidad de ver y operar en un mundo neurótico poblado por fantasmas que no sólo habitan en las ruinas abandonadas de lo que otrora fueran las diversas moradas del otro del vínculo, sino que son también el eco distorsionado de su antigua voz (fobias y depresiones por identificación, infantilismo de la histeria, etc.).

Otro tanto nos ocurriría con el campo arrasado de las psicosis donde los vestigios del otro del vínculo son un conjunto disperso de fragmentos estallados sin orden ni clasificación, fruto de una presencia aniquilante, de una colonización dedicada al saqueo, o bien, de la indiferente ausencia que caracteriza a las atmósferas pobres en oxígeno.

Qué decir de las perversiones donde la actitud reificante hacia el partenaire de turno que lo desbarranca en la pasividad, la inermidad o, sencillamente, en la inexistencia como sujeto deseante lleva la temible marca a fuego de la inconsistencia que el otro oroginario dejó en el sujeto al compás de sus consecuentes deprivaciones.

Asimismo, podríamos preguntarnos si acaso hay una alteración más vincular que la de un trastorno narcisista. Pensemos en quién es el interlocutor de esa autoestima que no cotiza en bolsa por devaluada, o aquella que como los gases tiende a ocupar todo el espacio disponible. Imaginemos la candente y humillante búsqueda en vano de reconocimiento generada por déficit en las investiduras, o bien, por identificación con la pobreza de los otros oroginarios que se desfoga en sometimiento o descalificación. Aproximémonos, como dice el tango, a la vergüenza de haber sido y al dolor de ya no ser y al eterno anhelo de recuperar algo que no se tuvo porque nadie lo dio por odio o rivalidad, o porque alguien lo quitó definitivamente en un juicio sumario.

La nosografía psicoanalítica se delineó no sólo sobre una mente aislada sino también sobre un formato adulto, con lo cual hubo que esperar a ulteriores desarrollos para poder inteligir y operar en la clínica con niños y adolescentes. Justamente es en esta franja etárea donde la presencia y acción del otro del vínculo en sus dos vertientes tiene mayor peso específico. Si en la clínica con adultos se intenta deslindar todo lo posible entre estas dos vertientes, en el caso de la infancia y la juventud la vigencia de los otros originarios las torna indeslindables.

Tanto el psiquismo del niño como el del adolescente se hallan en construcción, cada uno con sus respectivas incumbencias y vicisitudes. Por tanto, la presencia de los otros del vínculo va a ser requerida constantemente para el trabajo de apuntalamiento y metabolización significante que se hace en simultáneo tanto con aquello que proviene de las fuentes inter y transubjetivas como aquello que se origina en el mundo interno.

Los síntomas y trastornos que se puedan presentar durante los tiempos de crecimiento van a estar ligados a las vicisitudes que se presenten en la vida diaria del niño o adolescente (traumas, dificultades para la adaptación o el desprendimiento, etc.). Sin embargo, es decisivo contemplar la dinámica que imparte el imaginario familiar en las vinculaciones establecidos entre los miembros de la familia. Este imaginario que se conformó de acuerdo a las alianzas inconcientes que forjara la pareja parental desde su origen es el que asignará los lugares y funciones para todos los integrantes, por lo que en numerosas oportunidades encontraremos a un niño o a un adolescente ocupando el lugar de portasíntoma o portapalabra.

Estas funciones fóricas, tal como plantea Kaës, dan cuenta de que en la estructuración de la psique en la intersubjetividad “cada aparato psíquico considerado como tal está (...) constituido por lugares, procesos e intercambios que contienen, ‘incorporan’ o introyectan formaciones psíquicas de más-de-un-otro en una red de huellas, sellos, marcas, vestigios, emblemas, signos, significantes, que el sujeto hereda, que recibe en depósito, que enquista, transforma y trasmite” (Kaës, R. 1993 El grupo y el sujeto del grupo. Pág. 352).



Parafraseando ahora a Freud: si toda psicología es en el fondo social, toda psicopatología de niños o adolescentes tiene un indeleble cuño vincular, donde el otro del vínculo permanece allí como objeto, rival, auxiliar y/o modelo.



(*) Trabajo presentado en la Jornada: “Neurosis, Perversión, Psicosis, Patologías Narcisistas: ¿Psicopatología del Vínculo y/o del Sujeto? ¿Cómo lo Piensa en el Trabajo Clínico con Niños y Adolescentes?”

Espacio Institucional Pensando lo Vincular. Tema: Pensando la Psicopatología Vincular

Coordinación: Silvia Gomel - Susana Matus.

Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG). Buenos Aires. Año: 2006.