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Medios de Comunicación, Adolescencia y Posmodernidad (*)





Lic. Marcelo Luis Cao





Cuanta verdad hay en vivir,

solamente el momento en que estás,

si es presente, el presente y nada más.

Vox Dei






Durante las últimas décadas de este siglo las producciones imaginarias de la sociedad sufrieron una transformación vertiginosa. Algunos de los complejos y escurridizos fenómenos que contribuyeron a dicho cambio pueden pesquisarse en las tramas donde se enlazan los campos de la posmodernidad, la adolescencia y los medios de comunicación. La intersección de sus producciones da cuenta del sesgo que ha tomado actualmente la construcción de la subjetividad, la cual se despliega fundamentalmente bajo el imperio de la imagen.

El campo de la posmodernidad se presenta como un amplio y heterogéneo conjunto de posturas que se imbrican en los lindes de las ciencias humanas y que giran alrededor de varios pivotes, uno de los cuales es la vuelta al individualismo. Este se apuntala en la hegemonía que detenta la cosmovisión neoliberal, la cual devino en una globalización de la economía y en la instauración del éxito personal como modelo resolutivo de la condición humana.

El ascenso de este culto tardío, que endiosa las fuerzas no tan invisibles de un conjunto de variables de poder llamado mercado, fue contemporáneo del desplazamiento de las utopías solidarias, las cuales de esta forma perdieron el aristotélico lugar de motor inmóvil, fuente de atracción hacia una dimensión de lo perfectible.

La vasta y heterogénea cultura de la posmodernidad se emparenta con la denominada “era del vacío” y con “el fin de la historia”. La primera relaciona la banalización de los valores sustentados por la modernidad con la consecuente superficialidad de los vínculos y el debilitamiento de la noción de proyecto. La segunda plantea la llegada a término de los procesos históricos, los cuales de ahí en más no mostrarían cambios en tanto las variables que los generaban habrían dejado de operar. Estas dos visiones dan cuenta de producciones imaginarias cuyos efectos se refuerzan mutuamente, acentuando las sensaciones de vacío e inmutabilidad mientras se nos invita a alienarnos en ellas. Las opciones resultantes se limitan a la asunción militante de estos valores, a los paraísos artificiales, o bien, a la resignación.

A la crisis que entonces sobreviene, con la consecuente angustia por la pérdida de los anclajes donde se apuntalaba el sujeto y que tiene un efecto de por sí desestructurante, deberemos sumar la ausencia de futuro como dimensión sustentadora de un proyecto de despliegue yoico. De esta forma, nos encontramos frente a una ecuación irresoluble para los medios con que el sujeto cuenta y que intenta vanamente despejar con la incorporación vía consumo de bienes, drogas, contactos promiscuos u ocasionales.

La caída de los puntales de la modernidad ha puesto en crisis a muchas instituciones, las cuales perdieron (parcial o totalmente), el rumbo, o bien, la razón de sus funciones específicas, tal como ocurre con la familia y la escuela. Estos viejos crisoles en donde hasta hace poco se modelaban las subjetividades se ven reemplazados por otros nuevos donde se hornea una realidad virtual y alienante. De todos ellos me interesan especialmente los medios masivos de comunicación.

En principio, quisiera aclarar que no acuerdo con la calidad de masivos que se atribuye a estos medios. No cautivan masas en el sentido que propuso Freud, sino audiencias formadas por sujetos que no se encuentran ligados entre sí, salvo por el anonimato y la seducción catódica. No hay fenómenos de identificación con un líder ni entre los espectadores, lo cual no impide que se los pueda manipular vía sugestión u ofrecerles emblemas que funcionen como modelos identificatorios, que les permitan metabolizar los predigeridos recortes de la realidad utilizados para dar solamente una versión acerca de lo que es el mundo y de lo que pasa en él.

De todas maneras, a esta altura del siglo ya no discutimos si los medios son buenos o malos, apocalípticos o integrados. Son una realidad tecnológica a la que no podemos renunciar, pero sí comprender y aspirar a que sobre ellos pese cierto control. Aunque esto último resulta muy difícil, ya que han forjado una dinámica propia que es casi impenetrable y que, además, responde a intereses económicos y políticos que no sopesan la posibilidad de abdicar, por el momento, en nombre de ningún valor universal (la saga Berlusconi es muy ilustrativa al respecto).

Las imágenes con las que trabajan los medios audiovisuales son un material inigualable para canalizar las producciones del imaginario social y acceder en forma privilegiada respecto de otros medios (tradición oral, literatura, etc.), al campo identificatorio de los sujetos. El hiperrealismo de las técnicas fílmicas, el pulido de los perfiles del consumidor tipo a quien está dirigido el mensaje y del que nadie puede excluirse voluntariamente junto al contexto del producto-marca que se oferta han creado una verdadera cultura audiovisual que gracias a su planetarización (la Aldea Global profetizada por McLuhan), tiene llegada a lugares antes imposibles y ejerce una función modelizante a la que es muy difícil sustraerse. Así, mediante esta política de crear necesidades y consumidores conjuntamente se pudo sumar al sustrato pulsional el de la vía identificatoria. El marketing de audiencias encontró aquí un punto de inflexión.

En este sentido, desde el principio los mensajes comerciales estuvieron destinados a la franja societaria que detentaba el poder económico para consumirlos, es decir, los adultos. Sin embargo, desde hace un tiempo asistimos a un cambio, son ahora los niños y los adolescentes sus naturales destinatarios. En principio, por ser los que más horas pasan frente al televisor y luego por su influencia, antes inédita, en la decisión familiar sobre qué comprar.

Sin embargo, este movimiento preferencial hacia estas franjas etáreas comenzó recientemente. Hace 30 años no había productos para adolescentes y dos siglos atrás éstos prácticamente no existían. Todo se inició con la Revolución Industrial, gracias a la moratoria que comenzó a gestarse a raíz del tiempo de aprendizaje necesario para poder acceder a los nuevos puestos laborales. Esto produjo la aparición de un grupo de sujetos que se hallaban a media agua y, por lo tanto, no tenían un lugar y una cultura específicos en la sociedad que los había engendrado. Fue su enfrentamiento con los modelos adultos en la búsqueda de un lugar propio en el futuro cercano lo que permitió la laboriosa construcción de un imaginario, que no ha dejado de variar gracias a su carácter transicional.

¿No obstante, por qué la subjetividad posmoderna se apuntala en la adolescencia? ¿Por qué este conjunto etáreo que vagó sin rumbo ni anclajes por décadas es ahora "descubierto" como la encarnación desiderativa del sujeto de la posmodernidad?

La transición adolescente se adecua a la perfección al modelo subjetivo de fin de siglo.  Una serie de factores que emanan de sus problemáticas se ven canalizados y mixturados con algunos de los principios rectores de la posmodernidad, en aras de implementar un modelo hegemónico de producción de imágenes.

La contienda adolescente se pelea simultáneamente en varios frentes: la revolución hormonal abre el camino a las pulsiones hibernadas durante la latencia, obligando a una nueva vuelta de tuerca de la conflictiva edípica. El duelo por el cuerpo infantil perdido junto a la extrañeza por su nueva forma se conjugan en la búsqueda de una dimensión mental donde ensamblar las viejas vivencias con las nuevas. El cuestionamiento de las ideas tradicionales, tan típico, está ligado a la explosión y reposicionamiento del campo de los ideales. La problemática identificatoria recala en las cuestiones de la imagen y de los lugares posibles a ocupar en el mundo adulto.

Es que el advenimiento de la imagen como fuente de toda intelección y valor usufructuó las características de la problemática identificatoria y fue la que más peso y utilización tuvo en los medios de comunicación. Belleza corporal, juventud eterna, culto de las apariencias, exaltación de la velocidad, de lo superficial, labilidad de las opiniones, búsqueda de placer inmediato y desubjetivado fueron los puntales posmodernos mediante los cuales los adolescentes se vieron catapultados, gracias a sus características y al sustento tecnológico de los medios, a una dinámica que produjo un profundo y revolucionario cambio en el encuadre societario y en las producciones de su imaginario.

La remodelación identificatoria adolescente es un proceso que permite al sujeto hacer el transbordo entre las estaciones de la niñez y de la adultez. Esta transición requiere imperiosamente la provisión de nuevos modelos que permitan apuntalar los flancos débiles que rellenen los espacios destinados a cimientos y que sirvan a las futuras ampliaciones de la casa yoica. La oferta de modelos y su manipulación cae en terreno fértil gracias a una necesidad de absorción que debido a sus vacíos estructurales no puede muchas veces discriminar las diferentes calidades.

Al igual que con la imagen, la dimensión temporal también se vio transmutada. El tiempo que infiltra y problematiza la cuestión adolescente es el futuro, en tanto posibilidad de encontrar y conquistar un lugar en la sociedad de los adultos, ya que son éstos los que detentan el poder y la prerrogativa de aprobación. Sin embargo, este tiempo puede cristalizarse convirtiendo a la transición adolescente en la ilusoria eternidad que permite postergar sine die el acceso a la adultez con las decisiones y limitaciones que ésta implica.

Los adultos, por su parte, tampoco se hallan exentos de una también ilusoria vuelta al tiempo adolescente donde las frustraciones de aquel tiempo puedan ahora ser superadas con la experiencia adquirida. Sin embargo, para esto es necesario detener el reloj biológico. El dinero que no compra la juventud pero sí la imagen (cirugía estética, adelgazamiento instantáneo, etc.), logra mimetizar a los adultos con los adolescentes. Virtualidad, que permite pertenecer mientras la piel resista los estiramientos, a un mundo de fantasmas mediáticos donde sólo es realidad lo que se ve por T.V.

La sobreoferta de consumo hedonista que propone vivir el hoy hasta extenuarlo se lleva de perillas con la celada temporal ya descripta y con la filosofía del “fin de la historia”, la cual alienta la idea del fin de los cambios y de los actores de los mismos. Sin embargo, casualmente este lugar perteneció por décadas a los adolescentes que con sus planteos, desde el Mayo francés hasta la Plaza de Tian An Men, movilizaron sociedades motorizando cambios.

La mayor tolerancia que actualmente se detecta respecto del imaginario adolescente merece correlacionarse con la elevación de los jóvenes al podio simbólico del modelo de goce total y perfección estética, tal como muestran las publicidades. Transcribir lo contestatario en inofensivo es el patrón que permite desactivar el cuestionamiento para que nada cambie en un mundo de iguales, el cual apoyado en una tecnología deslumbrante reniega, desestima o extermina las diferencias.

Los medios han tenido un papel preponderante en la configuración de estos nuevos modelos identificatorios y sus emblemáticas. Desde la publicidad, las series, las películas, los formadores de opinión, pasando por los noticieros, los slogans y las telenovelas han saturado la atmósfera cultural con mensajes que se transforman en medios para leer la realidad. Nunca el bombardeo publicitario audiovisual ha sido tan alto ni tan sutiles y elaboradas las sagas con que los productos a consumir se fetichizan ante un público que contempla inmóvil el inventario de la felicidad. La fórmula mágica se traduce en todas las imágenes y en todos los idiomas: para poder ser es imprescindible e imperativo poseer.



(*) Trabajo presentado en el XI Congreso Latinoamericano de Psicoterapia Analítica de Grupo organizado por la Federación Latinoamericana de Psicoterapia Analítica de Grupo (F.L.A.P.A.G.). Buenos Aires, Noviembre de 1994.




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