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marcelo luis cao

 LUGAR Y FUNCIÓN DE LOS VÍNCULOS EN LA ENCRUCIJADA ADOLESCENTE (*)






Lic. Marcelo Luis Cao






Dos de nosotros enviando postales

Escribiendo cartas

En mi pared

Vos y yo prendiendo fósforos

Abriendo cerrojos

En nuestro camino a casa


Lennon & McCartney (1 )





La encrucijada adolescente se encuentra enmarcada y caracterizada por la emergencia de una doble crisis. En primer término, la que se desbarranca sobre el propio sujeto adolescente a partir de la metamorfosis física y psíquica a la que se ve arrojado sin un posible retorno. En segundo término, la que acaece sobre sus vínculos familiares, junto con su movilizante inclusión en las instituciones a las que pertenece o por las que atraviesa.

En el ámbito de su crisis personal y a raíz de su brutal transfiguración se enfrenta a la pérdida de representaciones y afectos que habían poblado la atmósfera de su niñez. Esta pérdida pone en jaque a la mayoría de sus referentes infantiles, aquellos que habían funcionado a la manera de una brújula, orientándolo en la formas necesarias para poder ocupar un lugar en el mundo de los adultos, en los códigos indicados para relacionarse con los otros del vínculo (ya como sujetos de la realidad, ya como objetos de su fantasía), y en la organización de las vicisitudes derivadas de su dimensión pulsional (sus descargas específicas, sus sublimaciones, etc.). Asimismo, esta pérdida también habrá de perturbar el equilibrio tópico, dinámico y económico de su registro narcisista, ya que los recursos y los logros con los que se cimentó su autoestima fueron tributarios de la misma organización representacional y afectiva que caducó en su vigencia con la llegada del adolecer.

Esta crisis, que conduce a un proceso de vaciamiento interno que es necesario restañar y recomponer, se refleja en los trabajos de duelo cursados a partir de la pérdida del cuerpo infantil, de los padres idealizados, de la dependencia material y afectiva y de la reformulación de sus instancias psíquicas. La avidez a escala psíquica que despierta este vaciamiento acuñó en la obra de Missenard la elocuente expresión de urgencia identificatoria para definir así el estado que el psiquismo adolescente atraviesa en su normal anormalidad. Esta urgencia, sin embargo, no es la única, ya que para que pueda plasmarse la recomposición intrasubjetiva que le permita operar al joven en su nueva realidad mediante el proceso de recambios representacionales que denomino remodelación identificatoria es necesario contar con la apoyatura sobre una serie de intercambios que se despliegan en el plano intersubjetivo. Esta dinámica de intercambios será comandada por la que podríamos bautizar como urgencia vinculatoria.

Estas dos urgencias marcan el ritmo incesante que lleva al adolescente a conectarse en los ámbitos en los que se desplaza con estos flamantes otros del vínculo (pares y adultos extra-familiares), que oficiarán como modelos, rivales, objetos y auxiliares en su desesperada búsqueda de un lugar imaginario-simbólico que le permita anclarse en el océano de la tan deseada y tan temida cultura adulta. De este modo, las fugaces identidades que emerjan como producto de esta dinámica de intercambios se van a configurar y sostener en su transitoriedad gracias al accionar de la secuencia de tiempos lógicos en la que se estructura el proceso de apuntalamiento. Tendremos así un imprescindible apoyo sobre los otros del vínculo (los del origen, los significativos, los flamantes), una modelización identificatoria que provee los ropajes para las nuevas escenas y una ruptura crítica que permite tomar distancia y poner en marcha el trabajo de transcripción, aquel que hará que lo que se tomó del afuera se transforme finalmente en algo propio.

En este proceso de apuntalamiento se hace evidente el lugar y la función que adquieren los vínculos en la transición adolescente. El apoyo, la modelización identificatoria y la ruptura crítica sólo son viables en ocasión de los intercambios que se producen en el territorio del registro intersubjetivo, porque requieren de los otros del vínculo (los del origen, los significativos, los flamantes), tanto de su presencia efectiva como simbólica y de su disponibilidad para sostener la marcha de dicho proceso. De no ser así, nos enfrentamos a las consecuencias del vacío, de la apatía, del sin sentido y de la depresión causadas por el abandono o la renuncia de las funciones a las que están llamados a cumplir estos otros. Puesto que, además de apuntalar, deben también poder acompañar mediante el despliegue de una actitud empática, manteniendo su disposición alerta y flexible a los movimientos que el adolescente va efectuando en la imprescindible exploración de sí mismo, de sus vínculos y del mundo sociocultural a través de las experiencias con las que simultáneamente va capitalizando la reformulación de sus instancias psíquicas.

En este sentido, es también importante recordar que el registro intersubjetivo no será el único proveedor de puntales durante la agitada transición adolescente, ya que las significaciones imaginarias sociales que pueblan el registro transubjetivo van a contribuir decisivamente con su aporte de figuras y modelos al procesamiento de la remodelación identificatoria. Estas figuras y modelos van a circular a través de todos los canales culturales habilitados para su expresión, quedando así a disposición de las necesidades y requerimientos del imaginario adolescente. Este, luego de metabolizarlas y reciclarlas, las utilizará no sólo para los ya mencionados fines identificatorios, sino también para engrosar el conjunto de los emblemas y contraseñas que utilizará el código con que se va a reconocer y a comunicar cada nueva generación de jóvenes.

Por su parte, la crisis de los vínculos familiares se manifestará a través de dos vías que no se excluyen ni se interfieren. Por un lado, la crisis será tributaria del posicionamiento subjetivo en el que los padres recalen a partir del sismo que produce la metamorfosis adolescente, ya que el cuestionamiento de los valores que sostiene el discurso familiar pondrá contra las cuerdas a los ideales encarnados y sostenidos por aquellos. Esta situación derivará en la consecuente y necesaria devaluación parental por parte del adolescente, el cual apunta en su juvenil omnipotencia a finalizar con la dependencia afectiva y a la creación de una tabla de valores para ser utilizada con criterios y fines propios. Esta escenografía de ruptura crítica, con su consecuente oleaje de rechazo, ornará el escenario donde se forja el combate de fondo del enfrentamiento generacional, anteúltima parada de la línea férrea que conduce al desasimiento de la tutela parental y a la entrada ya no de facto sino de jure en el mundo cultural adulto.

Por la otra vía, los miembros adultos de la familia se enfrentarán a una fuerte crisis personal fruto del inevitable espejamiento de la que fue su adolescencia con la que presencian, participan y padecen a manos de sus hijos. Es que la entrada en órbita del Planeta Adolescente obliga a los adultos a confeccionar un balance, conciente o inconciente, donde se juegan las cartas de lo que en su momento no se supo, no se pudo, no se quiso ser o tener, junto con las emociones y sentimientos asociados: placer, gratificación, orgullo, envidia, resentimiento, etc. La emergencia de estos afectos va a ser correlativa del nivel elaborativo al que cada adulto arribó en su trabajo de metabolización de los duelos cursados y en la aceptación del fragmento que pudo utilizar de los recursos y posibilidades que lo acompañaron en la historia vital de su adolecer.

Con este bagaje en la mochila de los adultos se procederá a la signatura del segundo contrato narcisista, que traerá aparejado el reconocimiento de los nuevos posicionamientos subjetivos acaecidos con el arribo de la transición adolescente. De este modo, el joven asumirá su posición como sujeto semiautónomo, con derecho a voz y voto en temas que hasta el momento lo excluían parcial o totalmente. Mientras que los adultos resignarán parte de su tutela, aceptando su introducción en un nuevo ciclo vital donde su protagonismo no desaparece, sino que cambia de pigmentación generando nuevas obligaciones. El cumplimiento de este segundo contrato narcisista es tan decisivo como el primero, ya que en ambos, y a pesar de que se suscriben en tiempos diferentes, los montantes identitarios se encuentran en la encrucijada de configurarse y consolidarse, o bien, de diluirse en las diversas versiones con las que se hace presente la patogénesis física y mental.

Las instituciones, por su parte, también se vieron envueltas en los fragores derivados del accionar de la condición adolescente, en tanto ésta siempre ocupó la función de caja de resonancia de los movimientos sociales y culturales que se produjeron al interior de las comunidades. La amplia oferta de apuntalamientos que las instituciones históricamente mantuvieron permitió que una parte de la crisis que se dispara a lo largo de la encrucijada adolescente fuera canalizada y elaborada en el marco contenedor de sus espacios y dinámicas. Sin embargo, la llegada de la posmodernidad las despojó de varias de sus clásicas funciones, entre ellas la de absorber las ansiedades más primarias que portan los sujetos. A esto debemos sumar la tendencia expulsiva con la que operan, por lo que actualmente muchas de ellas han devenido refractarias a las demandas, devolviendo de forma automática todo aquello que intenta serles depositado en aras de su contención y/o elaboración.

No obstante, a pesar de su aparente impermeabilidad, las instituciones siguen acusando recibo del embate de la condición adolescente a través de sus fallas, de sus reacciones espasmódicas, de sus síntomas (analizadores diría Loureau), y de su falta de respuestas. Durante la modernidad el destino de lo instituido era el de ser cuestionado por el espíritu vanguardista que portaba cada generación adolescente, convocando de esta forma la presencia y el accionar de lo instituyente. Actualmente, el soporífero vaciamiento de sentidos y proyectos ha contribuido a llevar casi a punto de congelamiento a la dimensión que alberga la operatoria de los cambios. Esta situación irremisiblemente vuelca sus efectos sobre un colectivo que a pesar de las adversidades que intentan atenazarlo aún sigue buscando su destino.



(*) V Jornadas Nacionales de la Federación Argentina de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares (FAPCV). Actualizaciones en el Pensamiento Psicoanalítico Vincular. “Complejidad, Diversidad, Novedad”. Ciudad de las Artes. Córdoba. Año: 2007.


 1: Two of us sending postcards / writing letters / on my wall / you and me burning matches / lifting latches / on our way back home.