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FAMILIA Y ADOLESCENCIA ANTE LA GLOBALIZACIÓN (*)





                                                                                          

 Lic. Marcelo Luis Cao








Mientras escribo estas líneas una nueva guerra ha comenzado. No obstante, no se parece a las de antes. Es que en el nuevo escenario delineado por la globalización ya no queda un lugar seguro en nuestro planeta porque la guerra también se globalizó.




§ TODAS LAS CRISIS, LA CRISIS




Ninguna crisis se constituye como un hecho aislado, su origen se puede pesquisar en el entrecruzamiento de las diversas variables que entran en juego en un contexto dado.  Justamente, en el contexto que definen las relaciones entre lo social, lo cultural, lo histórico, lo político, lo económico y lo psicológico nos encontramos con que la emergencia de las crisis se torna cíclica. Estas crisis son fundamentalmente crisis de lo instituido. La tensión que se establece entre lo instituyente (aquello que representa lo innovador), y lo instituido (aquello que representa el statu quo), termina resolviéndose en alguna formación de compromiso donde lo nuevo impone el cambio pero conservando algo de lo viejo, ya sea en la misma forma en que estaba constituido, o bien, en alguna forma reciclada. De esta forma, podemos leer las modificaciones que históricamente fueron dándose en los contextos socioculturales.




§ NACE UNA ESTRELLA: LA GLOBALIZACIÓN




Según algunos autores la Modernidad nació con la Revolución Francesa y feneció con la caída del Muro de Berlín. En su reemplazo hizo su aparición la Modernidad Tardía o Posmodernidad. Esta nueva era cultural nos sorprendió con una brutal reformulación de los valores societarios que de ahí en más socavarían tanto los ideales como los modos de funcionamiento comunitarios con los que nos habíamos formado.

Sin embargo, la Posmodernidad instituyente no alcanza para poder explicar el advenimiento del fenómeno de la globalización. Hacían falta otros dos factores para que se produjera este fenómeno. Fue en ocasión del espectacular desarrollo de la tecnología de las comunicaciones y de la hegemonía que comenzó a detentar mundialmente la política económica del neoliberalismo que se plasmó la estructuración del fenómeno de la globalización.

Entonces, si la globalización no es más que otra etapa en el decurso de la eterna espiral del progreso humano, sino implica nada más que un cambio esperado en la relación instituyente-instituido, ¿por qué, entonces, cuestionarla?




§ LA ALDEA GLOBAL




En nuestra vida cotidiana se han naturalizado una serie situaciones hasta ahora inéditas. Es así como hemos perdido casi sin darnos cuenta los viejos parámetros sobre las nociones de espacio, de tiempo y de su combinación, la velocidad.

Las distancias se han evaporado no sólo por lo simple que resulta moverse de un lado a otro del planeta, sino porque además las imágenes con que nos atiborran los noticieros y los programas de viajes que vemos por TV han generado una sensación de familiaridad con lo exótico que impide casi toda sorpresa. El programa El día del milenio nos vendió a través de sus imágenes la ilusión de poder estar en todos esos lugares del mundo en simultáneo, algo parecido a lo que le ocurre a un broker frente a la cotización de las acciones en los diversos mercados de valores que ve en su pantalla. Puede así operar sobre Buenos Aires, París, Nueva  York o Kuala Lumpur sin moverse de su oficina en las Islas Canarias o desde la laptop que maneja sentado cómodamente en la categoría business de un vuelo de línea.

El tiempo por su parte tiende a desaparecer gracias a la inmediatez que la tecnología de las comunicaciones ha desarrollado. No es necesario insistir con las transmisiones en vivo y en directo de la TV, pensemos en el correo electrónico que en segundos trasmite lo que el correo postal demoraba días o semanas. Otro tanto ocurre con el chat que ejercitan los adolescentes cada noche (y cada día), por el cual contactan a otros insomnes en tiempo real.

Por tanto, si el espacio se ha extendido hacia todas partes y el tiempo tiende a cero la velocidad se torna infinita. Es así como todo transcurre de una manera tan vertiginosa que es imposible metabolizar el monto de estimulación que desciende de los medios de comunicación, a la manera de un bombardeo que no cesa. Sin embargo, la velocidad no se circunscribe a los medios, se hace presente en la superficialidad de las vinculaciones, en la vorágine de experiencias que no dejan marca. De esa misma forma, con la que los adolescentes de nuestro tiempo atraviesan el montón de bocas anónimas que se amontonan en cualquier boliche bailable.





§ CRISIS Y SUBJETIVIDAD




El fenómeno de la globalización no se circunscribe a la modificación de las categorías espaciotemporales, también incide decididamente en la dilución de las identidades nacionales, en la transnacionalización de la economía y en la hegemonización del capital financiero como fuente última de razón y justicia.

De esta manera, la globalización acaba por definir un nuevo encuadre societario en un nuevo escenario mundial que modifica los usos y costumbres incidiendo decididamente en una profunda y feroz reestructuración de las formas de producción de subjetividad. Debido a que las formas de producción de subjetividad son tributarias del imaginario social de cada época, esta reestructuración se apoya fundamentalmente en el recambio de los valores societarios, aquellos que definen los códigos de comunicación, de comportamiento y de significación para una cultura dada.

Este recambio de valores golpea a todas las instituciones en sus pilares básicos a través del vaciamiento de sentido de sus apoyaturas. Sin embargo, como ya vimos, esta situación se habrá de presentar en cualquier momento de crisis donde lo instituido siempre pierde la partida (o a lo sumo la empata), con lo instituyente. Nuevas significaciones, valores e ideales llegarán para reemplazar a los viejos generando un recambio que da lugar a una nueva configuración societaria y subjetiva. El problema es que con el fenómeno de la globalización en este recambio de valores lo que se impone es la primacía del dinero y del consumo, junto con la banalidad, la exclusión y el vaciamiento.

De esta forma, la democracia se vacía al perderse la relación entre representantes y representados, la institución educativa se vacía porque la formación comienza a carecer de sentido a la hora de insertarse en un mundo laboral cada vez más estrecho, la salud pública se vacía por la mercantilización de la medicina.

Este de vaciamiento de sentido no se detiene en el ámbito público, avanza sobre la familia, núcleo básico de la producción de subjetividad en los tiempos modernos, que comienza a recibir los embates de esta nueva era.




§ DE LOS INGALLS A LOS SIMPSON



No podríamos atribuir a la globalización la causa última de la crisis de la familia nuclear. Cada configuración familiar es el fruto del proceso crítico por el que es atravesada y modificada, proceso por el cual termina adquiriendo un nuevo sentido dentro de la dimensión macrocontextual en el que ocurra.

Así fue como la irrupción de la Revolución Industrial selló el destino de la familia ampliada un siglo y medio atrás. No obstante, ya en la modernidad también se suscitaron momentos críticos que dieron lugar a los cambios que incluso nos tomaron a nosotros mismos como protagonistas. De esta forma, fuimos testigos de cómo la irrupción de las mujeres en el campo laboral a raíz de la segunda guerra mundial dejó de ser una cuestión temporaria para transformarse en un dato permanente que las posicionó en nuevos lugares del imaginario social. Otro tanto ocurrió con la revolución sexual de los años ’60, que se apuntaló sobre la seguridad que ofrecía la recién nacida píldora anticonceptiva y dio por tierra, definitivamente, con la asociación entre sexualidad y reproducción, liberando a las mujeres de la pesada carga de una maternidad no planificada.  

Por otra parte, la caída de la autoridad patriarcal que caracterizó al tipo de familia que delineó la burguesía, también abrió espacios para una nueva dinámica basada en otra distribución del poder y de los roles dentro del entramado familiar. A esto habría que agregar la aparición de nuevos tipos de familias como son, por ejemplo, las ensambladas (producto de la unión de una pareja con hijos de matrimonios anteriores), las monoparentales (constituidas por un solo adulto), y aquellas formadas por parejas de homosexuales que adoptan legalmente hijos para recrear aquello que la biología les tiene vedado (¿por ahora?).

Estos nuevos conjuntos transubjetivos a los que continuamos denominando familias, aunque no coincidan con las formas y las pautas que rigieron su constitución durante la modernidad, son tributarios de los nuevos posicionamientos subjetivos que se produjeron tanto en varones como en mujeres. De esta forma, nos encontramos en presencia de una nueva masculinidad que se halla más cercana al registro de lo sensible y de una feminidad que se inclina hacia una postura más activa, sin que por ello se vean cuestionados de plano sus respectivos referentes identificatorios. Estos nuevos posicionamientos han comenzado a demoler los últimos vestigios ideológicos que generaba la falsa opción entre enfoques machistas y feministas sostenida por la ya devaluada guerra de los sexos.

A esto debemos sumar el impacto que la dimensión tecnológica ejerce sobre los otrora inmutables e intransferibles aspectos biológicos de la humanidad, generando una suerte de difuminación en límites que parecían infranqueables. Esto se hace notar especialmente en el plano sexual con la consolidación y difusión de nuevas identidades como la de los travestis y transexuales, junto con las revolucionarias técnicas de reproducción asistida que permiten a las abuelas ser madres de sus propios nietos y a parejas hétero u homosexuales adoptar una criatura que fue concebida como un producto comercial.

Como puede observarse el mapa familiar se ha modificado sensiblemente. Las tradicionales funciones de sostén y corte atribuidas por cuestiones de género a uno u otro progenitor se vieron cuestionadas por la irrupción de los nuevos modelos de masculinidad y feminidad. La ecuación presencia-ausencia también se modificó por las actuales condiciones laborales. La noción de límites se fue relativizando hasta niveles inéditos donde son los hijos quienes los ponen. El desprendimiento de la familia se ha adelantado y retrasado a la vez, ya que los hijos comienzan más temprano el proceso (como se ve en las vacaciones de adolescentes solos), o bien, se demora en exceso por las condiciones socioeconómicas (como se ve en jóvenes adultos que continúan viviendo con sus padres).

De todas maneras, antes trabajábamos en la clínica para facilitar el desprendimiento de los hijos de familias fuertemente endogámicas, hoy por hoy, además lo hacemos para enhebrar una trama rota o inacabada en familias expulsivas que no pueden sostener a sus miembros, ya que los adultos que las integran han perdido sus referentes identificatorios debido a que han entrado en contradicción con los ideales y valores que defendían, o peor aún, porque los han extraviado definitivamente.





§ ADOLESCENTES: SUJETOS EN RIESGO





Los profundos cambios que se produjeron en el imaginario social no hubieran podido ocurrir sin el protagonismo de un conjunto de eventos sociales y políticos que contribuirían a cambiar el rostro de las sociedades occidentales. La caída del Muro de Berlín y el colapso del bloque soviético consolidaron la restauración del capitalismo salvaje y la globalización de sus pautas de funcionamiento y trajo aparejada la pérdida definitiva del Estado Protector, la aparición de un individualismo a ultranza y ausencia de un futuro donde colocar a plazo fijo las esperanzas de cambio.

Esta situación golpeó fuertemente sobre la dimensión familiar, ya que todas las pautas que reglaron durante la modernidad los caminos de acceso a la construcción de la subjetividad se vieron conmocionados por la irrupción de este vendaval de cambios. Y si la familia no quedó exenta de este impacto, menos aún los adolescentes que suelen funcionar como una caja de resonancia de los movimientos de la cultura donde están insertos.

Entre los adolescentes la estocada atravesó, entre otras, las coordenadas del enfrentamiento generacional, ya que la entronización del joven como modelo ético y estético universal de una sociedad exitista que basa su existencia en el hiperconsumo disuelve las diferencias con la franja adulta que opta por adolescentizarse para desmentir el paso del tiempo y su responsabilidad social.

Podemos afirmar, entonces, que las cuestiones que los adolescentes de las décadas de los ‘50, ‘60 y ‘70 debían enfrentar como una exigencia de trabajo psíquico en el largo camino que llevaba a la construcción de una identidad que les permitiera incorporarse en el mundo adulto distan años luz de las que basculan hoy en el escenario delineado por el nuevo siglo.  No son sólo las nuevas pautas de comportamiento social las que han cambiado (como por ejemplo, los horarios de salidas que les han permitido adueñarse definitivamente de la noche, o bien, la liviandad de las vinculaciones que los impulsa a intercambiar de partenaire incesantemente). Estas nuevas pautas de comportamiento adolescente incluyen también fuertes variaciones en los requisitos que cada género demandaba en la dinámica de las vinculaciones. Ya no es necesario como en otras décadas copiar las pautas adultas para saber qué hacer en ciertas situaciones debido a que han surgido nuevas formas propias de expresión y acuerdo. Ahora no sólo no se acompaña obligatoriamente a la novia hasta la casa, sino que a veces hasta se llega a preferir el vínculo amistoso por sobre el amoroso.  Ambos géneros van a bailar en grupo, utilizan el alcohol para sentirse seguros en el acercamiento al otro sexo (aún en plena borrachera), consumen drogas blandas para ahuyentar la angustia y el vacío, se visten en mayor o menor concordancia con las tribus urbanas dominantes, consumen sexo sin anclaje en vinculaciones perdurables y, fundamentalmente, dejan progresivamente de consultar a los adultos si notan que estos no pueden sostenerse en sus propias convicciones.

Es que la brújula que la familia solía donar a los adolescentes para que se orientaran en este mundo sufrió un pronunciado cambio en sus polos magnéticos, por lo que los adultos se encuentran tan desorientados como los jóvenes a la hora de colegir como funcionan las pautas que antes resultaban imprescindibles para consolidar una identidad y obtener un lugar en el aparato productivo.

Por otra parte, la difundida erotización precoz propalada por los medios de comunicación que ha hecho prácticamente desaparecer la vieja fase de latencia, acelera el ingreso de los jóvenes en una dinámica sexual que los obliga a forzar una definición respecto de una elección de objeto que se torna prematura, llevándolos muchas veces a una actuación evitativa vía consumo de drogas, o bien, a forjar una seudoidentidad que encubre un andamiaje infantil que no ha tenido oportunidad de madurar. Es así como los emblemas de la masculinidad y de la femineidad pueden ser utilizados como verdaderas mascaradas que encubren los endebles procesamientos tanto en el área yoica, como en el de las instancias ideales y en el campo pulsional.

Es bien sabido que para todo joven la posibilidad de integrarse en un medio social de pares depende de la puesta en marcha de ciertas formas de conducta demandadas por el imaginario adolescente de turno, para poder así obtener una identidad por pertenencia que le otorgue un lugar en ese mundo. Y si bien, la adaptación a ciertas pautas grupales es indispensable, aún a pesar de la consabida pérdida de libertad, esta situación disminuye momentáneamente las angustias y contradicciones que genera la exigencia de trabajo psíquico que requiere la construcción de una identidad. Por eso, la producción cultural de una época tendrá su decidida injerencia en las formas que tome el imaginario adolescente y sus consecuentes directivas a la hora de transitar las sucesivas elecciones que demarcan el arduo camino que lleva a la consolidación de los posicionamientos subjetivos.

Estos posicionamientos subjetivos, a su vez, dependen de la dimensión del futuro, eje central de la problemática adolescente. Los lugares a ocupar en la cultura adulta delinean y definen el futuro posible del sujeto en transición (toda orientación vocacional da cuenta de ello), por lo que se vuelve imprescindible contar con dichos lugares a la hora de construir una identidad a futuro (proyecto identificatorio). El conjunto de posibilidades que se presentaban en los tiempos del pleno empleo permitía mitigar en parte la angustia ligada a la definición y al temor al fracaso. En cambio, si el escenario es el de la desocupación estructural y el de la exclusión social la ecuación adolescente se torna mucho más difícil de despejar, ya que el peligro de fracaso se acrecienta. Como consecuencia surgen modos defensivos ligados a la coartada de la evasión (consumo de drogas, objetos, personas, etc.), y a la de vivir sólo el momento.

Sujetos en riesgo son estos adolescentes de hoy en un mundo globalizado y hostil. Sin embargo, apoyados en su condición contestataria cuentan con los recursos que siempre tuvieron desde que hicieron su aparición en sociedad la capacidad de pensar y hacernos pensar un mundo distinto.



(*) Trabajo presentado en las Jornadas de Psicología 2001. “Cuando el Síntoma Dice... Cuerpo, Adolescencia, Familia y Sociedad”. Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires. Olavarría. Año: 2001.