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marcelo luis cao

Adolescencia: Una Transición Tormentosa (*)






Lic. Marcelo Luis Cao





La adolescencia, tal como clásicamente se la ha conceptualizado, es una etapa dentro del desarrollo evolutivo de las personas. Sin embargo, a diferencia de otras etapas evolutivas como la infancia, la adultez o la senectud la adolescencia presenta una serie de características que la configuran como una transición.

Transición que se despliega en relación con el registro de lo temporal, justamente en el pasaje que ocurre entre la infancia y la adultez. Sin embargo, transición, también, respecto de los cambios que se producen en el cuerpo, en el pensamiento, en las prerrogativas y responsabilidades, en los lugares a ocupar no sólo en un futuro cercano, sino también en los de un presente que se ve drásticamente modificado por las pérdidas sufridas en torno de la identidad infantil. Como decía el poeta chileno Pablo Neruda: "nosotros, los de entonces ya no somos los mismos".

Esta sucinta descripción de los cambios que sufren los adolescentes, ya que adolecer significa justamente sufrir, nos pone sobre la pista de algo que por obvio a veces puede perderse de vista. La adolescencia funciona como una caja de resonancia de la cultura a la que pertenecen los jóvenes, así como de los tiempos que les toca atravesar, tal como lo demuestran las distintas fisonomías que han venido adoptando en el último medio siglo: desde el fenómeno del pacifismo hippie de los finales de los '50, pasando por la imaginación revolucionaria del mayo francés del '68, hasta la insoportable levedad y apatía de los posmodernos '90.

Por otra parte, la adolescencia es también transición respecto a la remodelación de la identidad que opera en los jóvenes en ocasión de confrontar con los modelos de conducta que resultan aceptables para su familia en particular y para la sociedad en general. Estos modelos, que son tanto ofrecidos como impuestos, pueden ser rechazados de plano dando lugar a los famosos rebeldes sin causa, o bien, aceptados en masa y sin discusión gestando los conocidos casos de jóvenes que no traen problemas (aunque en realidad los problemas sólo se postergan por un tiempo). Entre estos perniciosos polos se encuentra la gran gama de matices que permite metabolizar e integrar lo propio con lo ofertado, abriendo paso así a una síntesis singular y creativa que no siempre es fácil ni posible, especialmente en casos de trastornos o enfermedades mentales.

Con este panorama como fondo se torna comprensible la compleja trama que urden la inseguridad, la inestabilidad, la inconsistencia y la incoherencia en la mente de los jóvenes que se encuentran llevando a cabo esta transición. La oscilación constante que portan en sus pensamientos, sentimientos y emociones los presenta por momentos como si ya hubiesen madurado. Sin embargo, cuando los propios adultos intentan tratarlos como tales comienzan las sorpresas. Muchas veces no llegan a cumplir (parcial o totalmente), con aquellas situaciones en la que se han comprometido formalmente, a pesar de que realmente cuentan con las condiciones para hacerlo. Es así como observamos como numerosos jóvenes se quedan varados o navegan a la deriva durante un tiempo difícil de medir o anticipar.

El adolescente que se encuentra en plena tarea de transformar su identidad está ávido de modelos que le permitan, por un lado, paliar el angustioso vacío que siente y que, por otro, lo sujeten y afirmen frente al vértigo al que constantemente se ve expuesto. Definirse como persona, sexual y vocacionalmente, tener un proyecto a futuro, sentirse aceptado y valorado por sí mismo y por los demás en un momento donde lo anterior (la niñez), ya no sirve como referente y lo que se perfila (la adultez), es un continente desconocido y, por lo tanto, peligroso es una tarea monumental y llena de atajos cortos que pueden convertirse en trampas.

En este sentido, las adicciones están a la orden del día, ya que si se trata de llenar algún vacío nada mejor que hacerlo consumiendo algo específico (comida, drogas, objetos, personas, etc.). El motivo subyacente es introducir algo en el cuerpo para que se produzca mágica e instantáneamente ese instante de completud que inevitablemente termina esfumándose a la velocidad de la luz para que la sensación de vacío recomience y la ingesta se perpetúe.

Tal como ya vimos los jóvenes necesitan llenar los vacíos de su identidad, ya que ésta se encuentra en construcción. Sin embargo, la tensión y la exigencia tanto interna como externa con la consecuente generación de angustia son tan altas que muchos de ellos apelan a estos atajos cortos para intentar paliarla. Atajos cortos que pueden resultar transitorios en muchos casos, pero que en otros pueden consolidarse en actitudes permanentes debido a que serios trastornos familiares amenacen con arrojarlos frontalmente al fracaso, o bien, los haga depositarios de la enfermedad mental de alguno de sus miembros.

En relación con el tema del fracaso lo que normalmente se presenta como terrible es la incontrastable prueba de realidad. Exámenes, trabajos prácticos, ensayos, pasantías, etc., devienen amenazadores porque como dice el refrán: "en la cancha se ven los pingos". Sin embargo, para el adolescente no es una cancha ni son caballos sino una plaza de toros donde la consigna es a matar o morir. Especialmente, si la presión familiar es muy fuerte y deben demostrar que tienen algún valor como personas triunfando para poder conservar el cariño y la admiración de los padres en tiempos donde los valores se encuentran ligados a la competencia sin reglas y al exhibicionismo del éxito.

No obstante, este futuro se encuentra muy cuestionado a la hora del triunfo. El cable a tierra que conlleva una realidad pauperizada, que en el mejor de los casos ofrece empleos con serias limitaciones en lo material de sus remuneraciones, puede llevar a situaciones desánimo tanto en los que sueñan con forjarse un lugar en la dimensión laboral como en aquellos que vacilan en seguir soñando. Sin contar con el refuerzo extra que generan familias que tienen (o que peor aún, tenían), una posición acomodada y que esperan a través del hijo, de su desempeño y de sus realizaciones la retención y/o recuperación del prestigio familiar.

Por otra parte, la inmediatez de la descarga que oferta la cultura del consumo y las dificultades que conlleva la construcción del pensamiento simbólico se transforman en ejes centrales de la problemática actual de los jóvenes. La dificultad de pensar, de ir más allá de lo dado, de lo concreto, la formación de un criterio, de un pensamiento crítico es desalentada por el sistema de ideas que hoy impera y que para colmo ha erigido a los adolescentes como modelo social a imitar, ubicándolos junto a los niños en el centro de las políticas del consumo.

Por lo tanto, y como puede apreciarse en este apretado recorrido, la transición adolescente se halla siempre amenazada por diversas fuerzas externas o internas sea cual fuera el contexto donde se desarrolla, ya que la fragilidad emocional de los jóvenes a raíz de ser personas en construcción se convierte en un flanco difícil de proteger si los adultos no cumplen con su función apuntaladora. Sin embargo, esta amenaza resulta más atemorizante cuando los propios adultos se retiran y dejan a los jóvenes librados a su soledad y a su creencia de que ya lo saben todo. La función del adulto en relación con los adolescentes es como la del encofrado en el campo de la construcción, es necesario esperar a que el hormigón fragüe para que pueda ser retirado.



(*) Trabajo presentado en el Colegio de Psicólogos de Olavarría. Año 2004.