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Adolescencia y Familia en la Crisis de la Modernidad (*)



                                                                     


 Lic.Marcelo Luis Cao


                                                                       


Qué va a ser de ti lejos de casa

                                                                                                           

nena, que va a ser de ti


Joan Manuel Serrat




Para abordar las diversas situaciones críticas que hoy día atraviesan las familias y quienes las forman es necesario ir en busca de los ejes históricos que delinearon el derrotero de las sociedades occidentales. Evitar la ineludible historización de las variables, que determinan los cambios que ha venido sufriendo la estructura familiar, nos coloca frente al riesgo de perder el entrecruzamiento de sus hilos significantes. Desde esta perspectiva es posible pensar, que parte de los desajustes y zozobras por los que las familias transitan pueden resultar de la transcripción (exitosa o fallida), de los procesos históricos, sociales y económicos que despejaron el camino para el arribo de la Modernidad Tardía.

La consolidación de la familia conyugal como forma predominante de organización de la convivencia doméstica se produce con la llegada de la industrialización. La también llamada familia nuclear aislada es una estructura social típica de las sociedades modernas, caracterizada por la independencia relacional, económica y residencial del resto de los núcleos familiares. Este será el devastador resultado de la incidencia de los nuevos medios de producción alumbrados por la Revolución Industrial sobre la típica parentela. Sus funciones educativas y económicas, junto con el hegemónico valor decisorio respecto a los destinos de sus miembros, se irán replegando frente a la ofensiva desatada por la industrialización masiva, la cual situó a la fábrica, a la escuela e incluso al Estado en el lugar social que tradicionalmente habían ocupado las familias ampliadas.

Desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad la familia nuclear cumplió un papel insustituible en las sociedades occidentales. No sólo por la consolidación de su lugar en el aparato productivo, sino por su rol en la formación de la subjetividad de los individuos que advenían a ella y, además, por el mutuo y vital apuntalamiento que los miembros fundadores obtenían para su economía psíquica. Pero, también, en otro plano y sin desmedro de los anteriores se constituyó en una categoría imaginario-simbólica de alta circulación que servía tanto para comprender fenómenos propios (desde la psicología y la sociología), como de modelo comparativo respecto de otras sociedades (desde la etnología y la antropología).

Fue luego de su instauración como paradigma y a raíz de los cambios que continuó sufriendo que comenzó a hablarse de la crisis de la familia. Sin embargo, para ser más precisos deberíamos hablar de las crisis, ya que el hombre "Sólo vive por la creación de dispositivos contra la crisis que, a su vez, producen crisis posteriores" (Kaës, R. 1979).

A los sucesivos reposicionamientos, suturantes o transicionales, fruto de cada una de las crisis que atravesó durante este siglo la familia (revolución sexual, movimiento feminista, descrédito de la autoridad patriarcal, etc.), debemos agregar el que últimamente trajo aparejado la caída del Muro de Berlín junto a la resurrección del liberalismo salvaje de los primeros tiempos de la Revolución Industrial.

A partir de ese momento se profundizaron velozmente una serie de cambios que se venían perfilando desde tiempo atrás. El ya maltrecho sistema de valores legado por el iluminismo humanista entró en su faz agónica, dejando su lugar al código selvático del sálvese quien pueda. Los actores sociales se vieron catapultados a un individualismo rayano en lo salvaje, el cual carcomió los ya alicaídos tejidos solidarios al ritmo del modelo del héroe solitario y autoengendrado (Hollywood dixit).

La amplia y vertiginosa aceptación del individualismo como modo de ser-en-el-mundo es uno de los frutos de la gran transformación producida por las sociedades de la segunda ola. La familia tampoco se libró de su influencia: la cantidad de personas que deciden hacer una vida solitaria, el descenso de la tasa de natalidad en los países centrales y el aumento de las familias constituidas voluntariamente sólo por madre e hijo, impensables a principios de siglo, dan buena cuenta de ello.

Este aluvión de cambios incidió de manera notoria en el papel que la familia nuclear cumplía desde el punto de vista socio-económico. Desde sus albores ésta generaba sujetos que luego de su respectiva instrucción (no necesariamente escolar), irían a ocupar casi con seguridad un puesto en la cadena de producción y que en el mejor de los casos lo harían según su capacitación. El lógico encadenamiento que se produce, entonces, con la industrialización masiva, entre una mayor demanda de sujetos instruidos acordes a la sofisticación tecnológica, con el aumento de los puestos de trabajo y la consecuente complejización de los mismos, dio por resultado el ensanchamiento y diversificación de las oportunidades y las vocaciones.

Este panorama que tiñó con sus colores el tránsito de este siglo sólo se vio interrumpido por la depresión económica de los años '30 y las dos grandes guerras. Luego de 1945 y al calor de la Guerra Fría muchas de las invenciones que se habían desarrollado para fines bélicos se aplicaron con gran éxito en el campo civil. A partir de ese momento los cambios tecnológicos trocaron su calidad de vertiginosos por la de indetenibles, arrastrando hacia lo obsoleto, quizá sin que nadie pudiera preverlo, no sólo a los descubrimientos más recientes sino también a una estructura de valores junto al imaginario que la sustentaba. El papel socio-económico de la familia se vio también cuestionado por estos cambios, los cuales condujeron a la crisis de la Modernidad y por consiguiente a la de sus valores.

Esta sucinta e incompleta descripción acerca del contexto económico-político y su perspectiva histórica nos permite adentrarnos en una de las lógicas que guía el curso de la crisis de la familia y que hace eclosión en la confrontación de las generaciones.

A la manera del grupo primario la familia forja las estructuras donde se funda y se desarrolla la subjetividad de los individuos que llegan a ella. Por lo tanto, su función principal es proporcionar identidad al recién llegado mediante el trabajo psíquico al que se lo somete a través la metabolización de una serie de modelos que los fundadores ofrecen. Aunque en los primeros tiempos el infans no tendrá opción, ya que le serán impuestos por la violencia primaria.

En el trayecto de su desarrollo los sujetos encontrarán en otras instituciones (escuela, universidad, club, empleo, etc.), así como en otras relaciones interpersonales, nuevos modelos que al ser internalizados permitirán ampliar su campo subjetivo. Sin embargo, la familia no brindará sólo modelos, sino también un proyecto identificatorio que el sujeto podrá incorporar y hacer suyo (parcial o totalmente), o bien, desecharlo.

No obstante, la situación socio-económica ya no permite que los valores ligados al imaginario-simbólico cultural mantengan la vigencia de ciertas pautas para que los sujetos hagan su elección del proyecto a futuro. Hace ya mucho tiempo que las madres de clase media dejaron de recomendar a sus hijas casarse con un bancario (por prestigio, estabilidad y obra social), y sus preferencias comenzaron a apuntar hacia las castas gerenciales de las corporaciones multinacionales. Aquellas mujeres con su fino olfato habían detectado un fenómeno que se fue agudizando con el paso del tiempo. La especialización creciente había inaugurado la indetenible erosión de la posibilidad de escalar posiciones desde abajo: el progreso ilimitado, las bodas de plata o de oro como empleado en la misma empresa (con su respectiva plaqueta o reloj), eran especie en extinción.

Se inicia de esta manera el ocaso de una modalidad que había sido trasmitida generacionalmente. Esto comenzó a trastornar a las familias adiestradas en medir el futuro con la vara del progreso lineal (vía esfuerzo, dedicación y estudio), y que, de repente, se encontraron sin referentes identificatorios para metabolizar a los hoy obsoletos y desocupados gerentes de 45 años. O, también, a los adolescentes que deshojan la margarita de un haz de carreras que luego de terminadas serán casi imposibles de ejercer.

Entre los sujetos de mediana edad a los que su formación y experiencia les resulta inservible y aquellos jóvenes que sopesan con desánimo la posibilidad de que la formación que pudieran adquirir les permita ocupar algún lugar satisfactorio a mediano plazo se detecta una problemática en común: la dimensión del futuro se halla cuestionada.

Cuando esto ocurre en el seno de una familia donde la inevitable y necesaria confrontación generacional hace temblar los usos y costumbres de un imaginario larga y pacientemente engarzado y hasta entonces incuestionable, la situación vira de difícil a inmanejable, cuando no explosiva. Los adolescentes que emergen de estas situaciones familiares no pueden usar como apuntalamiento las experiencias de los miembros que los preceden (padres, abuelos, tíos), para desde allí impulsarse hacia un horizonte posible, mediante una confrontación metabolizable y atinente al procesamiento de las diferencias a través de la cual ellos y sus familias logren la reubicación y posterior resignificación de los lugares a ocupar.

En otra gama de casos donde los modelos familiares y sus inserciones están en crisis la confrontación generacional se vuelve peligrosa por diversas razones. Si el liderazgo económico que detenta uno o ambos progenitores se encuentra debilitado, o bien, se ha desvanecido, el desenlace del enfrentamiento puede tener connotaciones mortíferas. El adolescente puede retirarse de la confrontación para evitar destruir no sólo la imagen idealizada y omnipotente de los padres, sino también su anclaje como referente respecto de la realidad material. Como le ocurre a un paciente de 21 años que no puede valorar sus logros ni afianzarse en ellos por el sentimiento de culpa que le genera la idea de superar a un padre otrora poderoso y hoy deprimido por su fracaso. Padre con el que no puede contar para apuntalarse, ya que no sólo toma con mala onda sus proyectos, sino que tampoco puede desear y gratificarse con la creatividad de su hijo, de la que fue en su momento fuente y que éste tomó vía identificación.

Si en cambio el joven decidiera avanzar con sus blindados y aplastar al viejo y ahora casi inexistente contrincante, la sombra visible o invisible de una culpa acompañará el desarraigo psíquico y material consecuente y donde debiera encontrarse una ligadura habrá entonces una brecha. El asesinato simbólico, imprescindible para sortear la reedición del obstáculo edípico, se desbarranca sobre el campo imaginario.

Desde otro punto de vista, los padres (desde Schreber al Padre Padrone de los hermanos Taviani), que intentan retener su poder abroquelados en una postura imaginaria, impidiendo así el paso de la generación siguiente y colocando al joven en la disyuntiva de liquidarlos o aceptar su esclavismo fueron desarmados ya no por los rebeldes sin causa, sino por una cultura que ha hecho de la función paterna y su nombre un slogan más a consumir.

De todas formas, y aunque no medie desenlace trágico alguno, la credibilidad en los modelos identificatorios comienza a deteriorarse en forma irreversible dando paso a la cultura del vale todo y del Deprisa, deprisa del film de Saura, donde el deslinde entre lo legal y lo que no lo es se desdibuja irremediablemente, junto con la vertiginosidad de lo vivido que no deja marca alguna. Será entonces mejor no parecerse a ese padre débil, fracasado, deprimido, inerme, derrotado en sus convicciones y avanzar por el sendero de la renegación. Recurso sugerido por una sociedad que sufre los embates de esta problemática a nivel general y que apela al culto mágico de los ganadores, de los exitosos, de los que pasan a través del fuego sin quemarse para sostener la ilusión del triunfo individual como única vía habilitada para poder subjetivarse.

La propuesta de escindirse para lograr la exclusión momentánea del vacío que portan se plasma en vivir el hoy consumiendo adictivamente objetos (gaseosas, perfumes, ropa, drogas, personas, etc.), que emparchan las carencias subjetivas a la hora de establecer vínculos.

Agotar el instante en contraposición a un mañana incierto es la brújula de esta franja societaria que vaga sin anclajes ni destino. Sus mayores, que no pueden mostrarse como ejemplo ni poner límites, oscilan entre la humillación impotente y la violencia inútil o entre el rechazo indiferente y la mímesis ridícula (cirugías mediante). Ya no pueden como sus propios padres decir que la juventud está perdida, ya que ellos también lo están.

Un efecto inesperado para estos nuevos tiempos es que los adolescentes tienden a quedarse por mucho más tiempo en las casas familiares. Allí se conjugan el sostén económico, parcial o total, con la declinación de la privacidad sexual y no sólo por las dificultades para tener un lugar propio. La obscenidad de la trasparencia, característica del predominio de la imagen y del ilusorio intento de anulación de los enigmas, permite que los muros del pudor caigan víctimas de una exhibición sin fronteras.

El sombrío panorama con que se cierra el siglo se relaciona directamente con las crisis que sufren las instituciones que en mayor o menor medida cumplen funciones de grupo primario. Luego de capturar a la familia y a la escuela la crisis se expande a lo largo y lo ancho de la sociedad, haciendo extensible el cuestionamiento al resto de las instituciones. La ola neoliberal arrasa los últimos bastiones del Estado de Bienestar (Welfare State), y con ello no sólo entroniza a la jungla y sus reglas como escenario relacional, sino que delega en los sujetos las obligaciones contraídas por ese Estado, el cual rompe el pacto que lo originó. De aquí que la falta de credibilidad que gozan los que hacen y medran con las políticas se extienda metonímicamente a toda autoridad y, por tanto, a toda ley.

La indispensable confrontación de los adolescentes con sus padres no se hace solamente por la necesidad de diferenciarse de los objetos primarios, de romper con los lazos con sus respectivos ideales y mandatos, de rechazar el llamado de la pulsión a quedarse fusionados bajo el paraguas endogámico de la dependencia y la descarga sin mediaciones. También se hace para relevar la posta de las generaciones, para creer y trabajar en la posibilidad de lo mejorable, para hacerse un lugar en el mundo de hoy y de mañana bajo la vigilancia y protección de una ley que también es a su vez trasmitida y representada.




(*) Trabajo presentado en la Jornada de Familia y Pareja: “Fin de Siglo: La Familia ¿Permanencia o Cambio?” del Centro de Salud de la Liga Israelita Argentina. Servicio de Psicopatología. 19 de mayo de 1995.



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