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ADOLESCENCIA Y GENERO

APUNTES PARA UNA NUEVA CONSTITUCION SUBJETIVA  



     Lic. Marcelo Luis Cao




La introducción de las teorías de género dentro del campo del psicoanálisis produjo un cuestionamiento enriquecedor en el marco de las coordenadas que intentaban definir las complejas vicisitudes de la sexuación. De este modo, los clásicos desarrollos teóricos ligados a un posicionamiento falocéntrico que devinieron hegemónicos a lo largo del siglo psicoanalítico, y que marcaron una postura firme y definida respecto de los destinos de la masculinidad y la femineidad, se vieron interrogados en sus fundamentos por estas nuevas conceptualizaciones.

Es que el enfoque freudiano del proceso de la construcción de la identidad sexual se apoyaba centralmente en las vicisitudes que sufría el varón, relegando a la femineidad, por un reconocido desconocimiento, a un simple papel complementario. Fue así como surgió aquella metáfora del continente oscuro e inexplorado con la que Freud se refirió a la condición femenina.

El atemperamiento de la exclusividad fálica que produjo la Escuela Inglesa con el destacado papel que le hicieron jugar al pecho y a la vagina, dio lugar a un nuevo posicionamiento en esta lucha de paradigmas dentro de las teorizaciones psicoanalíticas. Sin embargo, este giro conceptual cedería, a su vez, el cetro a la restauración parisina de un Freud leído desde Saussure. Después de estas idas y vueltas el sexo femenino terminaría metamorfoseado dentro del crisol estructuralista en una pura inexistencia, tributaria de la falta de significante que pudiera superar el definitorio versus fálico-castrado y le otorgara, así, algún tipo de representación. De aquí se desprenden las conocidas conceptualizaciones acerca de que la mujer no existe, y de que por lo tanto, no hay relación sexual.

Todos estos posicionamientos teóricos comenzaron a ser cuestionados no sólo desde misma la teoría, sino fundamentalmente desde el nuevo tipo de demandas que se comenzaban a detectar en el campo clínico, que sin pretenderlo convertía su ámbito privilegiado en portavoz de los profundos cambios que se venían produciendo en el seno de las culturas que ya avistaban el final del siglo.

La presencia y gravitación de una serie de factores iniciaron el camino hacia la introducción de las modificaciones que desde las últimas décadas detectamos en el complejo proceso de la construcción de la subjetividad, y por lo tanto, de la identidad sexual. De esta forma, fuimos testigos de cómo la irrupción de las mujeres en el campo laboral a raíz de las dos guerras mundiales dejó de ser una cuestión temporaria para transformarse en un dato permanente, que posicionó a los miembros de este género en nuevos lugares del imaginario social. Otro factor fue la revolución sexual de los años ’60, que se apuntaló sobre la recién nacida píldora anticonceptiva y dio por tierra, definitivamente, con la asociación entre sexualidad y reproducción, liberando a las mujeres de la pesada carga de una maternidad no planificada.

Por otra parte, la caída de la autoridad patriarcal que caracterizó al tipo de familia que delineó la burguesía, también abrió espacios para una nueva dinámica basada en otra distribución del poder y de los roles dentro del entramado familiar. A esto habría que agregar la aparición de nuevos tipos de familias como son, por ejemplo, las ensambladas (producto de la unión de una pareja con hijos de matrimonios anteriores), las monoparentales (constituidas por un solo adulto), y aquellas formadas por parejas de homosexuales que adoptan legalmente hijos para recrear aquello que la biología les tiene vedado (¿por ahora?).

Estos nuevos conjuntos transubjetivos a los que continuamos denominando familias, aunque no coincidan con las formas y las pautas que rigieron su constitución durante la modernidad, son tributarios de los nuevos posicionamientos subjetivos que se produjeron tanto en varones como en mujeres. De esta forma, nos encontramos en presencia de una nueva masculinidad que se halla más cercana al registro de lo sensible, y de una feminidad que se inclina hacia una postura más activa, sin que por ello se vean cuestionados de plano sus respectivos referentes identificatorios. Estos nuevos posicionamientos han comenzado a demoler los últimos vestigios ideológicos que generaba la falsa opción entre enfoques machistas y feministas sostenida por la ya devaluada guerra de los sexos.

Los profundos cambios que estos factores produjeron en el imaginario social se vieron acompañados por eventos sociales y políticos que contribuirían también a cambiar el rostro de las sociedades occidentales. La caída del Muro de Berlín y el colapso del bloque soviético permitió la difusión masiva e incontenible del neoliberalismo, que a partir de ese momento comenzó a reinar en soledad y librado de los frenos que lo hacían pintarse de amable. Esta situación golpeó fuertemente sobre la dimensión familiar con la definitiva pérdida del Estado Protector (Wellfare state), la aparición de un individualismo salvaje, y ausencia de un futuro donde colocar a plazo fijo las esperanzas de cambio.

De esta forma, todas las pautas que reglaron durante la modernidad los caminos de acceso a la construcción de la subjetividad y, por tanto, a la identidad sexual se vieron conmocionados por la irrupción del vendaval de cambios en los usos y costumbres culturales que comenzaron a producirse a partir de la segunda mitad del siglo. Y si la familia no quedó exenta de este impacto, menos aún los adolescentes que suelen funcionar como una caja de resonancia de los movimientos de la cultura donde están insertos.

La restauración del capitalismo salvaje y la globalización de sus pautas de funcionamiento trajo aparejada una serie de transformaciones, como la que por ejemplo ocurrió con la condición de ciudadano que finalizó trastrocada por la de consumidor. En el preciso caso de los adolescentes la estocada atravesó, entre otras, las coordenadas del enfrentamiento generacional, ya que la entronización del joven como modelo ético y estético universal de una sociedad exitista, que basa su existencia en el hiperconsumo, disuelve las diferencias con la franja adulta que opta por adolescentizarse  para desmentir el paso del tiempo y su responsabilidad social.

Estamos, entonces, en condiciones de afirmar que las cuestiones de género que los adolescentes de las décadas de los ’50 y ’60 debían enfrentar como una exigencia de trabajo psíquico en el largo camino que llevaba a la construcción de una identidad que les permitiera  incorporarse en el mundo adulto, distan años luz de las que basculan hoy en el escenario delineado por este fin de siglo. No son sólo las nuevas pautas de comportamiento social las que han cambiado (como por ejemplo, los horarios de salidas que les han permitido adueñarse definitivamente de la noche, o la liviandad de las vinculaciones que los impulsa a intercambiar de partenaire incesantemente), la misma noción de masculino y femenino han variado lo suficiente como para que no sea mal visto que una joven sea la que tome la iniciativa a la hora de encarar el convite amoroso, o que el viejo rito de teñirse el pelo se haya vuelto universal.

Estas nuevas pautas de comportamiento adolescente incluyen también fuertes variaciones en los requisitos que cada género demandaba en la dinámica de las vinculaciones. Ya no es necesario como en otras décadas copiar las pautas adultas para saber qué hacer en ciertas situaciones, debido a que han surgido nuevas formas propias de expresión y acuerdo. Ahora no sólo no se acompaña obligatoriamente a la novia hasta la casa, sino que a veces hasta se llega a preferir el vínculo amistoso por sobre el amoroso. Ambos géneros van a bailar en grupo, utilizan el alcohol para sentirse seguros en el acercamiento al otro sexo (aún en plena borrachera), consumen drogas blandas para ahuyentar la angustia y el vacío, se visten en mayor o menor concordancia con las tribus urbanas dominantes, consumen sexo sin anclaje en vinculaciones perdurables, y fundamentalmente dejan progresivamente de consultar a los adultos si notan que estos no pueden sostenerse en sus propias convicciones.

Es que la brújula que la familia solía donar a los adolescentes para que se orientaran en este mundo sufrió un pronunciado cambio en sus polos magnéticos, por lo que los adultos se encuentran tan desorientados como los jóvenes a la hora de colegir como funcionan las pautas que antes resultaban imprescindibles para consolidar una identidad y obtener un lugar en el aparato productivo.

A esto debemos sumar el impacto que la dimensión tecnológica ejerce sobre los otrora inmutables e intransferibles aspectos biológicos de la humanidad, generando una suerte de difuminación en límites que parecían infranqueables. Esto se hace notar especialmente en el plano sexual con la consolidación y difusión de nuevas identidades como la de los trasvestis y transexuales, junto con las revolucionarias técnicas de reproducción asistida que permiten a las abuelas ser madres de sus propios nietos, y a parejas hétero u homosexuales adoptar una criatura que fue concebida como un producto comercial.

Por lo tanto, la diversidad de géneros que nos plantea la posmodernidad nos alivia de la presión que ejercía aquella opción de hierro que nos obligaba a un corte tajante entre varón y mujer, pero por otro lado, relaja los límites para considerar quién es quién dentro de la abigarrada fauna de fin de siglo. La linealidad falocéntrica nos tranquilizaba acerca de la pertenencia y pertinencia de los discursos femeninos y masculinos, y categorizaba las desviaciones como patologías (recordemos que Freud las llamaba aberraciones en Tres ensayos de teoría sexual). De este modo, los adolescentes actuales se encuentran menos presionados respecto de las exigencias que antes sufrían a la hora de definirse sexualmente, en especial si portaban por identificación características reconocidamente adscriptas al otro sexo, pero también el panorama se torna más confuso e indiscriminado obligándolos a que la construcción de la identidad siga constituyendo un esforzado trabajo.

Por otra parte, la difundida erotización precoz propalada por los medios de comunicación que ha hecho prácticamente desaparecer la vieja fase de latencia, acelera el ingreso de los jóvenes en una dinámica sexual que los obliga a forzar una definición respecto de una elección de objeto que se torna prematura, llevándolos muchas veces a una actuación evitativa vía consumo de drogas, o a forjar una seudoidentidad que encubre un andamiaje infantil que no ha tenido oportunidad de madurar. Es así como los emblemas de la masculinidad y de la femineidad pueden ser utilizados como verdaderas mascaradas que encubren los endebles procesamientos tanto en el área yoica, como en el de las instancias ideales, y en el campo pulsional.

Es bien sabido que para todo joven la posibilidad de integrarse en un medio social de pares depende de la puesta en marcha de ciertas formas de conducta demandadas por el imaginario adolescente de turno, para poder así obtener una identidad por pertenencia que le otorgue un lugar en ese mundo. Y si bien, la adaptación a ciertas pautas grupales es indispensable, aún a pesar de la consabida pérdida de libertad, esta situación disminuye momentáneamente las angustias y contradicciones que genera la exigencia de trabajo psíquico que requiere la construcción de una identidad.

Es en este sentido que la cuestión de género, en tanto producción cultural de una época, tendrá su decidida injerencia en las formas que tome el imaginario adolescente y sus consecuentes directivas a la hora de comenzar las sucesivas elecciones que tachonan el arduo camino que lleva a la consolidación de los posicionamientos subjetivos.